El quiebre

El día que la gente terminó con el poder abrumador de los grandes medios, los ignoró, les hizo caso omiso. Y a la campaña de miedo-inseguridad-crispación-todo negativo les opuso sensatez, festejo, alegría, esperanza y todo esto con muchísima gente en las calles es un quiebre como fue el 17 de octubre. Para animarse a soñar.
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domingo, 30 de mayo de 2010

El pueblo del Bicentenario

Por Ricardo Forster

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Los días argentinos no dejan de sorprendernos. Lo esperado y el azar se entrelazaron para devolvernos la imagen de una historia abierta, compleja, laberíntica, tumultuosa y aluvional. De a centenares de miles, viniendo de todas partes, cruzando las fronteras que separan la ciudad de los suburbios, subiéndose a colectivos y trenes, a subtes y autos o simplemente caminando para apurar las cuadras que los separaban de un centro que, por cuatro días de una intensidad increíble, se reencontró con su pasado mítico, con sus leyendas de arrabales tangueros y de marchas obreras, la multitud invisible se transformó en el pueblo del Bicentenario. Vinieron de esas geografías tematizadas como zonas del peligro, sortearon las prevenciones y los prejuicios de todos aquellos que asimilan masas andantes con disturbios y criminalidad, con violencia y agresión. Multitud abigarrada y festiva, colectivo social multiplicado en millones de personas que manifestaron con alegría y serenidad, que gozaron y cantaron, que bailaron y conversaron, que miraron y preguntaron, que se emocionaron y se sorprendieron. Todos, cada uno de nosotros, fuimos sintiendo la potencia de la transfiguración; pudimos percibir que algo inusual y extraordinario estaba sacudiendo las entrañas de un país siempre anómalo y extraño pero siempre intenso y desafiante.

La ciudad se abrió y los cuerpos se movieron con libertad desprendiéndose de los miedos impuestos, de esos trazos de ficción mediática que apabullaron desde pantallas y rotativas la cotidianidad de los argentinos hasta construir la imagen de una sociedad en estado de guerra y de intemperie, asolada por la inseguridad y prisionera de una violencia autodestructiva que, siempre, asumía el rostro del oscuro habitante de esos arrabales transformados, gracias a las retóricas del amarillismo y el racismo, en las zonas del mal. Desde allí vinieron de a miles y miles desmintiendo, como lo han hecho en otras ocasiones memorables de nuestra historia, a quienes, desde el desdén y la más cruda violencia del lenguaje discriminador, no se cansaron de repetir que los mueve el clientelismo y el choripán, la promesa de alguna dádiva o la obligación de no quedar mal con el puntero del barrio. Los velos se cayeron, se derrumbó el discurso hegemónico y monocorde de la corporación mediática. Estalló en mil pedazos la palabra “crispación”. Y las calles del centro mutaron en calles de fiesta y regocijo, de asombro y participación. Así de simple y de complejo... la multitud, los negros de la historia, los incontables, los que pujan desde el fondo de los tiempos por el reconocimiento y la igualdad hicieron acto de presencia y lo hicieron transformando durante cuatro días a Buenos Aires en una magnífica alquimia de ágora y carnaval, de imágenes monumentales desplegadas sin medir riesgos estéticos por la fuerza bruta de la invención artística y la inquieta interrogación por aquello del pasado que sigue insistiendo en el presente. Fue alegría compartida y conmoción ante los dolores y los horrores de nuestra historia, que también estuvieron allí, sin ocultamientos ni narraciones edulcoradas. Y estuvieron junto a las clases medias de los barrios porteños y del Gran Buenos Aires desmintiendo la lógica de los abroquelamientos y los muros invisibles que se fueron levantando utilizando los recursos culturales de medios de comunicación atravesados de lado a lado por la retórica de la ciudad neoliberal, privatizada y fragmentada, de esa que vivió de rapiñar el espacio público poniéndolo a su servicio. Los cuerpos se mezclaron, lo individual y lo colectivo se entrelazaron al riesgo de romper prejuicios y paradigmas dominantes, como recordando otras ciudades en la ciudad del Bicentenario (ciudades de los conventillos y de las esperanzas, de caminatas míticas narradas por la literatura de Borges y Marechal, de Martínez Estrada y Cortázar, de Sabato y Oesterheld, de alquimias de poetas y de vagos, de movilizaciones populares y de tozudas resistencias, de tardes futboleras y de antiguas devociones barriales... ciudades escritas con la diversidad de mil escrituras por sus habitantes que, como si hubieran venido de todos lados y de todas las épocas, se reunieron para recobrarse y mirarse a los ojos en estos días de mayo).
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Allí, en la ciudad libre y lúdica, tumultuosa y festiva, no estuvo la “gente”, ese nombre forjado para excluir e invisibilizar al otro, para restarle su humanidad transformándolo en una amenaza o en la plebe oscura y sin nombre. La “gente” quedó atragantada en la garganta de aquellos periodistas formateados para diferenciar a los lindos de los feos, a los limpios de los sucios, a los ciudadanos que se manifiestan espontáneamente de los oscuros objetos del clientelismo o del piqueterismo. Allí hubo pueblo, diverso y múltiple, portador de lenguas y tradiciones, amalgama de lo distinto y de lo semejante, tumulto de colores y de grafías. Pueblo que recuperaba sueños olvidados, que se dejaba agasajar después de tantas frustraciones y que rompía en mil pedazos el discurso que nos enseñó a establecer una brutal equivalencia entre multitud y homogeneidad, entre pueblo y monotonía autoritaria, entre la masa oscura y las personas pensantes y autónomas. No estuvo un pueblo bucólico, ni un pueblo virginal. No hubo ni hay pueblo puro. Hay luces y sombras danzando a contraluz de la historia argentina como esa que pudimos ver desfilar entre vanguardismos estéticos, giros brechtianos y arquitecturas monumentales que cruzaban, de un modo desafiante, lo artístico y lo político. Allí estuvo el pueblo de la independencia y el de las dictaduras, el de los anarquistas soñadores y el de la locura especulativa, el de la Constitución quemada y el de la fiesta democrática, el del dolor inconmensurable de las Madres, el del infinito reclamo de justicia y memoria y el de los silencios resignados. Pueblo manchado y vital. Como si en los claroscuros de la historia, en el interior de sus pasadizos secretos, la palabra pueblo pudiera narrar lo mítico y lo soñado, lo esperado y lo perdido, la fuerza del acontecimiento que parte aguas y la monotonía de los tiempos de la resignación y el olvido. El pueblo es, también, lo que bordea el peligro, lo que a veces se aventura detrás de lo inesperado que brota haciendo saltar los goznes de una realidad enturbiada y estancada. Otras veces ese nombre fue pronunciado, y algo de eso se contó en los muros del Cabildo y en las avenidas capturadas por el desfile de las carrozas y la contemplación entre deslumbrada y fervorosa de la multitud, para legitimar las páginas más ignominiosas. El pueblo es movimiento, mutación, herencia y memoria, es cuerpo sobre el que las escrituras de la historia van dejando sus huellas indelebles aunque se las intente borrar.

Pero el pueblo es también el giro de los tiempos que interpela siempre de un nuevo modo aquello que lo constituyó. Cada generación reinterpreta el pasado de acuerdo a sus necesidades, a sus prejuicios y a sus ensueños de aquello siempre esperado como reparación y oportunidad convirtiéndolo en fuerza vital y en actualidad, dándole sentidos tal vez impensados en otras encrucijadas de nuestra historia. Como si algo de lo excepcional se hubiera derramado sobre este presente para iluminar de otro modo nuestra travesía como nación. Como si eso inimaginado se hubiera encontrado con ese sujeto olvidado y ninguneado produciendo un acontecimiento sobre el que todavía no alcanzamos a descifrar su proyección. Intuimos que lo desplegado en estos últimos años, aquello que fue invirtiendo la marcha decadente y brutal de una Argentina que había sido capturada por la cultura del egoísmo y la especulación del capitalismo neoliberal, tuvo mucho que ver en las jornadas multitudinarias del Bicentenario. Como si lo inaugurado otro 25 de mayo, pero de 2003, con sus intensidades y sus dificultades, con sus apuestas riesgosas, sus aciertos y sus errores, hubiera encontrado el difícil camino que nos fue llevando, tal vez sin preverlo ni imaginarlo de este modo y con tal magnitud, a la reaparición del pueblo.

Una reaparición que se vincula directa y decisivamente con el también arduo ejercicio de rescatar a la política de su envilecimiento, de volver a ponerla en el centro de lo democrático como un instrumento sin el cual las sociedades quedan prisioneras de los arbitrios de las “gestiones empresariales” y de los tecnócratas del establishment. La política como lugar del litigio por la igualdad y como lengua que se instala para desmentir las falsas e ilusorias retóricas de la unidad y del consenso que suelen ocultar la perpetuación de las injusticias y las desigualdades. Porque este 25 de mayo no es apenas un acontecimiento festivo, un baile de máscaras sin rostros por detrás. Es, ha sido, la emergencia de una posibilidad que parecía saldada o extraviada, la posibilidad de situar lo político en el corazón de la democracia sin renunciar a dar la batalla por la distribución de la riqueza, la refundación del Estado, la recuperación imaginativa del espacio público, la reparación de las injusticias del pasado en los tribunales del presente y de inscribir este tiempo argentino en nuestro muchas veces olvidado destino sudamericano.

Hemos sido testigos y partícipes de días luminosos. Días irrepetibles, únicos, que dejarán su impronta en lo por venir. Días que nos de-safían y nos ofrecen el raro privilegio de ser actores de la historia, de esa misma cargada de fantasmas que fueron convocados por el arte y la política, que estuvieron en esa maravillosa galería de los patriotas latinoamericanos, que pasearon entre nosotros bajo los rostros de José Martí, del Che, de Emiliano Zapata, de Túpac Amaru, de Artigas, de Evita, de Allende, de Sandino, de Bolívar, de San Martín y de tantos otros que hacen a la memoria y a la trama subterránea de un continente caliente, desmesurado y libertario. Días del pueblo que dibuja los trazos de una Argentina que quiere ir en busca de la igualdad, la libertad, la justicia y la fraternidad. Algo de eso pudimos sentir en la piel, en el corazón y en la reflexión mientras, como escribió Elías Canetti en la encrucijada de otra historia, nos dejamos llevar por el vértigo y la fiesta de lo colectivo.

La trastienda de una fiesta

COMO SE PLANEO LA CELEBRACION MAS GRANDE DE LA HISTORIA ARGENTINA

La organización comenzó en septiembre, a cargo de tres funcionarios y tres especialistas en espectáculos masivos. La Presidenta supervisó el argumento del desfile y las proyecciones. Hay más de 500 horas de grabación para editar al menos tres DVD. Trabajaron 44 empresas y se gastaron 40 millones.

Por Eduardo Videla

“Después de esto, podemos organizar un recital de la Luna”, exagera en tono de broma uno de los integrantes del equipo que organizó la celebración del Bicentenario. La frase, dicha como al pasar, da cuenta del estado de ánimo de esas tres personas que, después de haber dedicado su vida a la organización de espectáculos y eventos, jamás soñaron con estar al frente de un acontecimiento de semejante masividad. Calculaban una asistencia de 300 mil personas por día y 800 mil para el cierre, pero el número final superó en casi el triple las expectativas. Y no hubo desbordes ni fisuras para lamentar: sobre una concurrencia de casi seis millones de personas en cinco días, no hubo un solo herido; el SAME atendió en total a 1370 personas pero en todos los casos se trató de lipotimias, desmayos o intoxicaciones.

Todo empezó en septiembre de 2009. El secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, convocó a Javier Grosman, un productor del circuito under, que sumó a dos de sus colaboradores más cercanos. Juntos integraron la mesa chica de las decisiones, con el secretario de Cultura, Jorge Coscia, y el titular del Sistema de Medios Públicos, Tristán Bauer.

“La consigna la dio la Presidenta: tenía que ser una celebración federal, participativa y latinoamericana”, dice a este diario uno de los integrantes de esa mesa chica que prefiere mantener el anonimato. Esa pauta pretendía plantar un contraste con la celebración del Centenario, en 1910: una fiesta elitista, casi exclusivamente porteña y pensada a la europea. Fue así que se dio participación a todas las provincias, un protagonismo que se multiplicó a medida que se armaba la escena: primero iban a ser stands, pero luego se sumaron los puestos gastronómicos y los escenarios –uno solo no iba a alcanzar para contener a todos los artistas del interior– y la participación en el desfile federal. Lo mismo ocurrió con los países latinoamericanos que participaron.

La propia Presidenta se ocupó de supervisar el trabajo hasta último momento: cuando vio el audiovisual que se iba a proyectar sobre el Cabildo, pidió conocer a las actrices que se habían seleccionado para representar a la Argentina en el desfile de Fuerza Bruta o revisó el argumento del espectáculo: pidió, por ejemplo, que la escena dedicada a los países latinoamericanos vaya al final, de acuerdo con el momento histórico actual, cuando se da la mayor unidad entre los países de América latina.

Otros cambios se hicieron sobre la marcha, a pura improvisación teatral: “Salió primero la escena de los pueblos originarios porque la grúa de la que se suspendía a la Argentina (la actriz que flameaba en el aire como una bandera) se demoró en arrancar”.

¿Cómo llevar a cabo una propuesta con pretensión de pasividad con un grupo teatral de vanguardia, como Fuerza Bruta? La apuesta de Grosman fue aceptada por las autoridades; Diqui James –director del grupo teatral– presentó el proyecto con una serie de escenas. Algunas se eliminaron, como la que representaba un partido de fútbol, ya que “estaba montada en un camión y resultaba peligrosa”. Otras fueron agregadas, como la Vuelta de Obligado, “un episodio muy representativo de nuestra historia: una situación de derrota, de desventaja, que logra ser superada con una estrategia, con imaginación, algo que representa mucho a lo argentino”, explica uno de los organizadores.

Para la puesta de Fuerza Bruta hubo que contratar a 18 empresas: camiones, plataformas, sonido, iluminación, vestuarios, provisión de gas para las escenas con fuego, entre otras. El presupuesto fue el mayor de toda la celebración: 15 millones de pesos, sobre un total que se estimó en 40 millones.

Para la instalación de todo el Paseo del Bicentenario hubo que contratar a un total de 26 empresas: desde los estudios de arquitectura que estuvieron a cargo del diseño, hasta proveedoras de estructuras tubulares (se utilizaron todas las existentes en la ciudad de Buenos Aires y alrededores) para el armado de stands y los vallados, las encargadas del sonido, luces, armado de palcos, provisión de energía, pantallas y la instalación de 542 baños químicos, que resultaron pocos para la multitud de asistentes.

Las provincias recibieron los stands “llave en mano”, pero tuvieron que ocuparse del traslado y alojamiento de la gente que trabajaba en cada puesto. En cuanto a las colectividades, también recibieron ayuda para el transporte de las delegaciones, especialmente las más numerosas, como las de Bolivia y China.

La selección de los artistas también estuvo a cargo de esa mesa chica. Pocos quedaron afuera de la convocatoria: “Sondeamos a Charly García, pero la gente que está con él nos pasó una cifra muy alta. A (Luis Alberto) Spinetta no lo llamamos porque después del recital con las banda eternas, el año pasado, dejó de actuar en escenarios”, explican. Hubo quien cortó una gira internacional, como Víctor Heredia, para estar presente, y quien pidió participar, como Soledad Pastorutti pese a estar en los veinte días previos al parto. “En realidad, Soledad iba a ser la presentadora de todo el segmento de folklore, pero como se reprogramó por la lluvia terminó cantando.”

No fue fácil la selección de músicos ya que “se apuntó a convocar a un abanico amplio de artistas”. Y por eso muchos quedaron fuera del escenario principal, aunque convocaron multitudes en los laterales, dedicados a las provincias. Fue el caso de Abel Pintos, Los Palmeras, Tomás Lipán y Los Tekis, que actuaron ante unas 40 mil personas en el medio de la 9 de Julio.

Los músicos más comprometidos con la organización, recuerdan los organizadores, fueron Li-tto Nebbia –que armó el segmento de rock argentino–, León Gieco, que actuó de maestro de ceremonias del concierto del sábado con los artistas latinoamericanos, y Fito Páez, que “puso el cuerpo para el armado del cierre”.

Cuando se pregunta qué cosas no salieron bien, no son muchas las respuestas. “Estaba prevista la participación de Jorge Rojas desde el Chaco salteño, se iba a pasar en directo por las pantallas, pero falló la transmisión”, reconocen. Pero prometen que la actuación del folklorista está grabada y va a ser incluida en un DVD de próxima aparición. Para eso cuentan con más de 500 horas de grabación registradas con seis cámaras móviles y una fija. “La idea es editar al menos tres DVD, con los recitales, los desfiles, el espectáculo de Fuerza Bruta y la presencia de la gente, para que quede un registro de la celebración más grande de la historia argentina”, aseguró la fuente consultada por este diario.

Hubo artistas menos visibles, como los integrantes del Grupo Trimarchi –dedicados a las intervenciones urbanas y al diseño– y medio centenar de graffiteros que trabajaron durante los días de la muestra en las paredes de los stands provinciales.

Tres imágenes superpuestas resumen, para el hombre que trabajó en la organización, el significado de lo ocurrido el fin de semana pasado. “El lunes, mientras cantaba Isabel Parra en el escenario, en las pantallas se veían las imágenes de la Selección y, por el aire, pasaban los aviones de la Armada pero sin bombardear a la multitud, como lo hicieron en el pasado.” Tres imágenes superpuestas entre centenares que van a quedar grabadas en la memoria colectiva.

Reconquista de lo público

Por Washington Uranga

Los festejos del Bicentenario dispararon una serie de análisis y debates a partir de la manifestación popular, por su masividad pero además por las características que adquirió. Vale la pena adentrarse en el tema también desde una perspectiva que cruza el hecho festivo con un costado que lo vincula con la participación y con el ejercicio de la ciudadanía. Sobre todo en tiempos en que lo público, entendido como aquello que pertenece a todos en la sociedad, se debate para recuperar su espacio legítimo después de los avances sin límites de las arremetidas privatizadoras. No sólo el mundo de la economía y de los negocios fue alcanzado por aquellos aires. Todos hemos asistido a la privatización del espacio público: los cercos de las plazas, la desaparición de los lugares compartidos para convertirlos en “paseos de compras”, la polución de avisos comerciales que oculta cualquier paisaje sin importar si esto ocurre en la ciudad, en las rutas y autopistas o en medio del campo. La creciente urbanización y la globalización han creado las condiciones para que esto ocurra de la manera descripta. También el hecho de que el Estado ha ido perdiendo y relegando su función de garante de lo público en medio de procesos de “desterritorialización” de la ciudad, convertida poco a poco en espacio del anonimato.

Todo lo anterior no está desvinculado de los procesos políticos. El anonimato al que empuja la ciudad es también el no reconocimiento de los ciudadanos como habitantes y actores naturales del espacio público. Y cuando algunos (llámese movimientos sociales, reivindicativos, gremiales, sectoriales, etc.) ganan “la calle” y utilizan el espacio público para expresar sus demandas y puntos de vista, lo hacen a contrapelo del humor general. No hay un sentimiento que lleve a pensar en la posibilidad de utilización colectiva del espacio público, sino que, por el contrario, una parte de la población vive estas manifestaciones como una intromisión que avanza sobre la única función que se le reconoce al ámbito urbano: la de garantizar la movilidad. Todo ello también porque la ciudad, en tanto espacio público, no se registra ya como un escenario de las relaciones sociales. Si así fuera no podría sorprender un piquete o una concentración, porque no es más que el emergente de la conflictividad social subyacente. Pero no, porque la idea del ser colectivo ha sido gradualmente reemplazada por el concepto del sujeto individual. Este nuevo habitante de la ciudad no percibe el ámbito de lo público como un lugar propio, como sitio de pertenencia. Por lo contrario construye otras redes privadas, cerradas, circuitos inestables y con vinculaciones lábiles conformados a partir de intereses individuales. Así el supermercado sustituye al almacén, el centro de compras al mercado, los juegos se hacen en red por computadora y hasta las actividades recreativas se organizan en torno de identidades que se mencionan como “tribus” o identificaciones similares. Y el contacto personal, físico y directo ha cedido terreno a lo mediático, a la fantasía de la virtualidad comunicacional.

La ciudad, como espacio público, se ha ido convirtiendo en un lugar de segregación que “exilia” en los barrios privados y en los “shoppings”, que a través de la instalación del miedo invita a la reclusión, a la retracción y al aislamiento bajo el pretexto de la autodefensa.

¿Qué tiene que ver esto con la ciudadanía? Si el concepto de ciudadanía se ubica más allá de lo meramente jurídico y no se lo confunde con algunas de las prácticas que lo conforman pero que no lo agotan (votar, gozar de libertad de expresión, recibir determinados beneficios del Estado, etc.), la ocupación del espacio público es una expresión genuina y valedera de la ciudadanía. Porque es una manifestación de pertenencia a una comunidad más amplia, la sociedad, la ciudad, y porque implica una exposición en busca de visibilidad y de identidad.

Sin exagerar y sin pretender sacar conclusiones antojadizas a la ligera, vale la pena prestarle atención al fenómeno popular y masivo que ocurrió en torno de los festejos bicentenarios. El pueblo –al que de forma poco propia se suele denominar como “la gente”– ganó la calle, reconquistó el espacio público, sin otro objetivo que celebrar, encontrarse, hacerse visible, manifestarse. Fue una expresión de ciudadanía porque reflejó pertenencia, identidad, pero también porque por la sola práctica y aun sin conciencia expresa echó por tierra muchos argumentos sobre divisiones, malestar social, enfrentamientos y desánimos colectivos. ¿Fue un momento? Fue una expresión. Que no sirve para generalizar pero que por sí misma desmiente muchos discursos y otros tantos pretendidos diagnósticos socio-político-culturales. Una manifestación popular de la que nadie puede apropiarse sectorialmente pero que es indudable fruto de la coyuntura actual de la sociedad y que, muy probablemente, no se habría dado en otro momento carente de las circunstancias, las condiciones y los componentes que configuran el país de hoy. Basta mirar lo que ocurrió cien años atrás.

Nueve de cada diez aprueban el festejo

Dos encuestas muestran un notable grado de aprobación de la semana de fiestas. Crédito al Gobierno y un sorprendente porcentaje de optimismo sobre el país.

Por Raúl Kollmann




Nueve de cada diez personas evaluaron como buenos o muy buenos las actos del Bicentenario. Una mayoría importante –más del 60 por ciento– sostiene que el gobierno nacional resultó favorecido y hay también un reconocimiento para los medios de comunicación, en especial para Canal 7. Prácticamente todos los actos recibieron fuertes elogios. El 84 por ciento calificó como bueno o muy bueno el desfile representando a las provincias y porcentajes similares de aprobación hubo para los recitales, el show de luces en el Cabildo y el show de cierre protagonizado por Fuerza Bruta. Respecto de uno de los debates planteados en el Bicentenario, casi el 45 por ciento de la gente cree que la Argentina está mejor en 2010 de lo que estuvo en 1910, mientras que menos del 20 por ciento piensa que el país era mejor hace cien años. La intención de voto a Presidente parece mantenerse estable. Néstor Kirchner sigue encabezando las posiciones, con Mauricio Macri o Julio Cobos en el segundo lugar.

Las conclusiones surgen de estudios realizados entre viernes y sábado por las consultoras Opinión Pública, Servicios y Mercados (OPSN), que lidera Enrique Zuleta Puceiro, y Equis, cuyo titular es Artemio López. OPSN entrevistó a 1100 personas de todo el país, mientras que Equis utilizó una muestra de 504 casos en Capital y Gran Buenos Aires. En ambos estudios se respetaron las proporciones por edad, sexo y nivel económico social.
Clima

“Desde hace un semestre se viene verificando un cambio de clima –sostiene Artemio López–. Es el impacto de la Asignación Universal por Hijo y el haber resuelto la crisis financiera de manera eficiente, sin el 20 por ciento de desempleo como en España o la trepada del desempleo al doble en Estados Unidos. Ese cambio de clima ya era perceptible pero estaba debajo de la superficie porque existe un entorno mediático que incluso impedía discutir cualquier mejora. Nosotros verificamos desde hace rato un aumento en los ingresos de los hogares, tanto por la AUH como la existencia de más horas extras y más horas trabajadas en las empresas. Eso es lo que derivó en records de consumo. Por supuesto que está la preocupación por una acelerada en la inflación, sobre todo de alimentos. Pero, en conjunto, la imagen del Gobierno es mucho más amigable y los actos del Bicentenario terminaron de romper la burbuja mediática negativa.”

Para Zuleta, “el fenómeno se reflejó de distintas maneras. Por un lado, la cantidad de gente que fue, pero también –y de otra manera– estuvieron los millones que se tomaron el fin de semana largo e hicieron turismo y los millones que participaron viendo los actos por televisión. Y en esos cuatro días se mostró un agotamiento de la lógica de la polarización y la crispación protagonizada últimamente por parte de los medios y parte de la oposición. El Gobierno no está para nada agresivo. Priorizó una agenda internacional fuerte: Cristina estuvo a la cabeza del encuentro de 60 presidentes de Europa y América latina y después decenas de naciones en el Encuentro de Civilizaciones. Se hace mucho eje en la recuperación económica y todo eso rinde frutos. Apuesta a una agenda de temas de convergencia, mientras enfrente tiene a algunos medios de una extraordinaria agresividad y una dirigencia política muy enconada.”

–Se dice que los mismos actos, convocados durante la crisis con el campo, hubieran sido un fracaso. Que lo del Bicentenario muestra que hay otro clima. ¿Es cierto? –preguntó este diario.

–Desde ya –responde Artemio López–. Esto se asemeja, pero en forma totalmente opuesta, a lo que fueron las burbujas inmobiliarias en Estados Unidos o España. De golpe, se descorrió el velo que estaba en la superficie y la gente se dio cuenta de que había un fenómeno de crisis muy grave debajo de esa burbuja. Acá pasó lo mismo, al revés. Reitero, explotó la burbuja mediática negativa y por debajo apareció un cuadro mucho más amigable y, sobre todo, más optimista. Basta ver lo que responde la gente en nuestra encuesta. Es un dato impresionante. Le preguntamos a la gente cómo se siente ahora respecto del futuro del país y nada menos que el 56 por ciento sostuvo que está optimista, contra un 38 que se sentía pesimista. Ese espíritu de que vamos para adelante estaba tapado por el ambiente de confrontación que aparece en la superficie política y mediática. Otro dato que refleja esa forma de ver las cosas es la respuesta a la comparación entre el Centenario y el Bicentenario. Casi la mitad de la gente dice que ahora estamos mejor que hace cien años y son pocos los que afirman lo contrario. Y eso que hubo una corriente que trató de instalar la idea de la superioridad de 1910.
Los actos y la TV

La aprobación de los actos del Bicentenario fue rotunda, absoluta. Un 96,7 por ciento los calificó como buenos o muy buenos. Una unanimidad inexistente en casi cualquier otro tema. Los elogios fueron para todos los eventos, con levísimas diferencias entre unas y otras manifestaciones. Al tope de las posiciones figura el desfile representativo de las provincias (84 por ciento opinó bien o muy bien); seguido del show de luces en el Cabildo (79), los recitales (78 por ciento de aprobación), el desfile de cierre de Fuerza Bruta (75 por ciento), la reinauguración del Teatro Colón (70), el Paseo del Bicentenario (69) y el desfile militar (67).

Nada menos que el 84 por ciento de la población dijo que siguió los festejos del Bicentenario y la mitad de la gente afirma que los medios de comunicación salieron fortalecidos por la celebración. En ese marco, Canal 7 fue el que cosechó más. La mayoría dijo que tuvo la mejor cobertura y, lo que es más importante, el 64 por ciento de los consultados dijo que siguió los actos por la televisión pública. En segundo lugar, TN, con el 25 por ciento, y Canal 13, con el 19 por ciento. Esto se vio reflejado en el rating, incluyendo picos de 17 y 18 puntos durante el desfile final.
La política

Las encuestas de OPSM Equis, muestran que los ciudadanos opinan que el gobierno nacional salió fortalecido con los actos del fin de semana pasado. La consultora liderada por Zuleta preguntó quién salió beneficiado por la celebración. Un 55 por ciento dijo que ganó el gobierno nacional, un 47 dijo que también benefició al gobierno de la ciudad, más de la mitad consideró que Julio Cobos salió perjudicado y un porcentaje similar evaluó que la oposición quedó mal parada. Equis fue más directo y el resultado es apabullante: el 62 por ciento dijo que el Bicentenario benefició al gobierno nacional y un 23 por ciento sostuvo que no.

Según sostiene Zuleta, esas miradas no cambian el panorama electoral, sobre todo, porque falta mucho para los comicios y porque el impacto de los actos no se traduce de inmediato en el terreno de la intención de voto. Aun así, ambos consultores tienen –como desde hace meses– a Néstor Kirchner al frente de la intención de voto. Y tanto Zuleta como López lo ubican en el 30 por ciento o más (ver cuadros). En segundo lugar, para Zuleta, está Julio Cobos con el 18 por ciento y Mauricio Macri con el 14. Para Artemio López, Kirchner tiene el 33 por ciento, Macri el 11 y Cobos todavía menos, el 7. Es cierto que en este último caso la encuesta es de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Se supone que el vicepresidente tiene mejor perfomance en el interior del país. Zuleta y López registran a Pino Solanas con un buen siete por ciento y más atrás a Eduardo Duhalde y Elisa Carrió.

Fin de fiesta y bicentenarios varios

Por Eduardo Grüner Sociólogo, ensayista y profesor de Teoría Política.

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El día anterior a la marcha de los “pueblos originarios” –ese día en el que hasta la “gente del campo” de Recoleta se enteró de que la Argentina no es un país europeo– se pudo escuchar por la radio (pública) a un dirigente indígena diciendo, con apenas una pizca de sorna, aproximadamente lo que sigue: “Me parece muy bien que la Argentina festeje sus 200 años como nación. Es el entusiasmo de las muy jovencitas. Nosotros ya estamos aquí hace varios miles de años, y hace más de quinientos que no tenemos mucho que festejar.” Para alguien (“yo”, “el que esto escribe”, “el arriba firmante”, “este columnista”, o el sujeto dividido que fuere) plenamente argentino de cuarta generación pero descendiente de barcos austríacos y vascos franceses –los vascos franceses son franceses, mientras los españoles son sencillamente vascos– no deja de ser descolocante, por más “informado” que se crea, escuchar un tono de amable condescendencia dirigido al Estado-Nación por parte de un connacional, sí, pero de esos que estaban ab origine, en el comienzo, cuando nadie (ningún europeo, se entiende) había siquiera concebido los conceptos de Estado o de nación. Igual de descolocante que ver, en el Paseo del Bicentenario (este “yo” no lo vio: estaba fuera de Buenos Aires; pero se puede ver en YouTube, como todo) una instalación del GAC (Grupo de Arte Callejero) recordando, entre otras cosas, que la primera declaración independentista de América latina y el Caribe no fue en 1810 sino en 1804 (me permito humildemente corregir a la instalación, que ponía “1807”), a saber la haitiana. La primera, y por lejos la social y culturalmente más radical: allí fue el conjunto de la clase explotada por excelencia, los esclavos de origen africano, la que, bajo dirección de los líderes surgidos de esa misma clase como Toussaint Louverture, tomaron el poder y fundaron una nueva nación, a la que llamaron “Hayti”, que no es un nombre africano, sino taíno, la lengua de los arawak, habitantes originarios de la isla a la que había llegado Cristoforo Colombo el 12 de octubre de 1492, y que habían sido exterminados casi totalmente 300 años antes de la independencia del Haití “negro”. Toda una lección de “multiculturalismo” avant la lettre. O, mejor –porque el “multiculturalismo” o la “hibridez cultural” son la coartada de una (falsa) globalización–, una asunción frontal de los conflictos irresolubles que planteó desde el principio la mundialización del capital.
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Es decir: una fecha, una de esas llamadas “efemérides” (un bicentenario, pongamos) no es tan sólo un hito en una historia lineal. No hay, para empezar, historia lineal. Las fechas –que son campos de batalla del “conflicto de las interpretaciones”, como bien saben los historiadores– son nudos (complejos, borromeanos, intrincados) que condensan de manera “desigual y combinada” historicidades heterogéneas, temporalidades diferentes, proyectos políticos, culturales y existenciales diversos y frecuentemente enfrentados. Cuando todas esas diferencialidades aparecen unificadas en un festejo (nacional y continental) multitudinario, estamos ante un bien interesante escenario de tensión entre dos polos de significación objetiva: por un lado, la tendencia a crear un tiempo histórico “homogéneo y vacío” (son palabras de Walter Benjamin), ilusoriamente propuesto como una totalidad sólida y sin fisuras; por el otro, la tendencia –probablemente mucho menos “consciente”– a darles visibilidad a las diferencias y las heterogeneidades, a la pugna de proyectos e intereses históricos que ocasionalmente –y estamos inmersos, en toda Latinoamérica, en una de esas “ocasiones”– asoman desde el proverbial “subsuelo sublevado” de las patrias. De un lado, el efecto de masa de las identificaciones con el ideal de unidad; del otro, los “agujeros” abiertos en ese ideal identitario por las particularidades de clase, de etnia, de género, de “modelos” económicos, sociales, políticos, culturales. Las dos cosas son igualmente verdaderas, en el sentido de que producen efectos materiales sobre las prácticas de los sujetos y de la polis. La historia (o la “prehistoria” en la que aún estamos, según la metáfora de Marx) es un remolino que hace entrechocar esas polaridades. Y esa historia se escribe –y, sobre todo, se hace– de manera totalmente distinta según la perspectiva sea la de los (por ahora) vencedores, o la de los (por ahora) vencidos. La primera es la historia que ya fue. La segunda, la que puede ser.
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La fiesta popular es antigua como la humanidad. Desde la orgía dionisíaca, pasando por el carnaval renacentista, la diablada quichua o el vudú haitiano que contribuyó a aquella gran revolución, hasta las celebraciones oficiales de fechas magnas, ha sido teorizada mil veces por los antropólogos o los historiadores de la cultura. Más allá de las diferencias, parece haber un cierto consenso: son umbrales, paréntesis liminares, en los que se suspende, justamente, el tiempo lineal, rutinario pero sordamente sufrido, de un transcurso regulado que disimula las alegrías maníacas y las angustias depresivas, las laceraciones de la opresión cotidiana y las humillaciones administradas por poderes crueles que no son siempre los más visibles. En la fiesta, con todas las máscaras del caso, todo eso se actúa. Se crean heterotopías y heterocronías: espacios y tiempos paralelos, paradójicos o paratácticos, que a veces estallan inesperadamente en la fundación de cronologías nuevas: la fiesta revolucionaria de 1789 inventa un nuevo calendario, en la comuna se dispara contra los relojes de los edificios públicos. Nuestra pampa, es obvio, se mira con otra radiografía. Su cabeza de Goliat tiene preocupaciones más módicas. Pero la fiesta habla, de todos modos, de un momento histórico con cierto suspenso. Se ha discutido mucho, en estos días, sobre el auténtico significado de la masiva participación popular. No hay acuerdo sobre esa “autenticidad”, ni puede haberlo: en el remolino de la historia, en el momento liminar de suspenso, podrán conjeturarse tendencias, pero no significaciones únicas y excluyentes. Las “participaciones populares” entusiastas y festivas son siempre bienvenidas, pero la multiplicidad entrechocante de sus tiempos y espacios heterogéneos no debería precipitar vaticinios de triunfos y derrotas a corto plazo. Es legítimo –aunque gobiernos y oposiciones se rasguen las vestiduras en el altar de la corrección política amonestando que “la fiesta es de todos”– el debate sobre quiénes sacarán mayores réditos de una fiesta bicentenial que abre la puerta del tiempo electoral. Sin embargo, la fiesta popular –que se intersecta pero no necesariamente “hace masa” con la oficial– tiene otros tiempos, más largos, más espasmódicos, más subterráneos, más fragmentarios, más inciertos, también más ricos de sentidos históricos. Aquellos antropólogos e historiadores de la cultura explican que muchas veces sucede que en la fiesta todo está permitido para que después (porque toda fiesta tiene un fin) todo vuelva a su lugar: la fiesta como mera válvula de escape de las tensiones. Pero también explican que no todo vuelve a su lugar exacto: durante el paréntesis de suspenso, las masas aprendieron que se puede jugar a otra cosa que a las pálidas rutinas (aunque sea disfrazadas de “crispación”) del siempre-lo-mismo de la política “burguesa”. No habría que exagerar, pues, el volumen del acontecimiento puntual. Pero sí observar con apasionado interés qué trae la larga duración del post-fin de fiesta: ¿continuidad del entusiasmo o mera resaca?

¿Y qué es lo que tanto festejan los argentinos?

La participación activa y entusiasta de cientos de miles de personas cada día en desfiles y presentaciones históricas y artísticas en Buenos Aires, incluyendo una gran impronta latinoamericanista, está causando una sorpresa mayúscula, por un hecho que tomará tiempo interpretar y descifrar.

Por: Hugo Muleiro
Fuente: http://www.telesurtv.net

¿Qué es lo que tanto festejan los argentinos por estos días del Bicentenario? L a participación activa y entusiasta de cientos de miles de personas cada día en desfiles y presentaciones históricas y artísticas en Buenos Aires, incluyendo una gran impronta latinoamericanista, está causando una sorpresa mayúscula, por un hecho que tomará tiempo interpretar y descifrar.

¿Festejan familias completas, la mayoría de clase media o baja, a pesar de que cada día leen y escuchan noticias de una inflación galopante, fuera de control, que produce aumento de la pobreza y desesperación? ¿Festejan a pesar de que la mayoría amplísima de los medios relatan un país institucionalmente quebrado, donde un gobierno de modos totalitarios sepulta todo disenso? ¿Bailan y cantan hasta la madrugada en la avenida principal de Buenos Aires con músicos locales, y de Uruguay, Chile, Paraguay, Brasil, Colombia, a pesar de que cada día no pueden ni salir a las calles, según ciertas crónicas, porque la inseguridad los acecha y los angustia?

La señora de 75 años que junto a un joven de 20 levanta los brazos y saluda al rockero local León Gieco cuando canta contra los inversores extranjeros, diciéndoles que "es mejor que tu empresa se vaya de mi país", ¿son los mismos ciudadanos que están atribulados porque la mayoría de los comunicadores les dicen que Argentina permanece aislada del mundo, con un gobierno incapaz de insertar al país en la aldea global, y que "apenas" es capaz de llevarse bien con Evo Morales y Hugo Chávez, pero no con Barack Obama, Rodríguez Zapatero y Angela Merkel?

Sólo el sábado 22 de mayo al mediodía, alrededor de un millón de personas presenció un desfile de militares, policías y otras fuerzas de seguridad, algo impensado en el país hasta hace unos pocos años. Diez horas después, una multitud también estimada en un millón de personas celebró a León Gieco, al uruguayo Jaime Roos, a Los Jaivas, de Chile, a Pablo Milanés, de Cuba, y a la música paraguaya y colombiana.

Junto a puestos de cada una de las provincias (estados) del país, desplegados a lo largo de un kilómetro en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires, miles de personas hicieron filas cada día para visitar las instalaciones desplegadas por las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Los argentinos que visitaron a estas luchadoras que hoy acompañan varias de las políticas del gobierno, ¿no escucharon nunca a opositores de izquierda decir, a través de los medios que maneja la derecha, que la presidenta Cristina Fernández realiza la política de derechos humanos y de juzgamiento de los represores sólo para beneficiarse personalmente?

Pareciera que cientos y cientos de miles de argentinos, quizá millones, no estaban en ninguna parte, eran invisibles, y salieron abruptamente a las calles estos cuatro días, sin importarles que la concepción del festejo, su impronta de proximidad con la cultura y la política latinoamericana, se debe a decisiones adoptadas por un gobierno que lleva al país, según se les dice todos los días, a una hecatombe que está a un paso.

O tal vez, pobres ingenuos, crean en un informe de la ONU que dice que gracias a un subsidio estatal para cada niño de familias cuyos adultos no tienen trabajo formal, Argentina pasó a ser el país con desigualdad menor de América Latina. Pero es difícil que lo crean, porque la noticia apenas tuvo espacio en medios estatales y en unos pocos privados que están sumados al oficialismo que, obviamente, los compró con dinero de la corrupción.

Los medios privados, diarios, radios y canales de televisión que están en unas pocas manos, no pudieron ignorar la presencia de esta marea humana que visitó puestos, degustó comidas de provincias –aún a pesar de que un día para el otro los precios fueron duplicados de manera escandalosa-, comió sentada en el asfalto, bajo un árbol, en cualquier acera, hizo filas larguísimas para ver una vieja locomotora, visitó a las Madres y Abuelas y se apretujó cordial y alegremente para celebrar a cuanto artista se presentara.

¿Hay en una porción significativa del pueblo argentino, además de la razonable evocación por los 200 años del primer intento por formar un gobierno local, un deseo hasta ahora invisible de plegarse a una celebración colectiva, de mostrar una cierta alegría o cuanto menos conformidad por algún nivel de progreso que no se publica en ninguna página ni noticiero de los "medios independientes"? ¿Hay un sector muy numeroso en un estado tal que permita esta celebración gigantesca, sin precedente alguno en más de medio siglo, en contraposición absoluta con la imagen de un pueblo que estaría abatido, angustiado, inerte ante un gobierno agresivo, "crispado", incapaz de escuchar?

Grandes titulares sobre la masividad de la fiesta popular no alcanzaron, sin embargo, a tapar del todo el sentimiento de rabia de la derecha local por esta sorpresa y, como siempre, el objetivo en la mira fue la presidenta, quien no pudo controlar la emoción ni que su voz se desarticulara cuando el viernes 21 inauguró el Paseo del Bicentenario, ya en ese momento colmado por una multitud. El diario Clarín remitió este hecho, el de la emoción presidencial, más allá de la página 30, a un espacio casi invisible. Otro diario, que le sigue a aquél en ventas, La Nación, escribió que la mandataria "se emocionó con su propio discurso".

Se ve que sufrieron una reacción visceral, una especie de cólico político, para minimizar o aniquilar a una presidenta capaz de llorar, es decir capaz de ser tan humana, de tener sentimientos como patriotismo, según ella misma lo conciba, de conmoverse porque "Dios quiso", como dijo, que ella estuviera como jefa de estado en el año del Bicentenario. Es que una presidenta que tiene estas emociones no es la maldita que trabaja solo para aniquilar al país, someter a los habitantes a su antojo, causarles cuanto mal sea posible e imaginable, todo con el único propósito de guardarse todo para sí.

Nadie en su sano juicio puede asegurar que este pueblo que rara vez llega a la avenida principal de la europeizada Buenos Aires se movilizó y festejó por identificación militante con el gobierno y su presidenta, así como nadie puede honestamente negar que se expandió y mostró su algarabía, su cariño por el país y por los artistas que el gobierno convocó, y por los invitados extranjeros que llegaron a honrarlo. Y había que ver los bailes y los cantos: no eran, al menos estos, los argentinos a punto de ser lanzados al mismísimo infierno.

Pareciera que ellos ven y sienten los tiempos actuales de otra manera y, si Argentina conserva todavía algo de la inteligencia y el talento por los que consigue admiración, es seguro que pronto comenzará un ejercicio para determinar qué sucedió en estas jornadas, y por qué.

Como casi siempre, seguro es también el acierto que suele tener la mirada liberadora del poeta, como cuando escribió, aunque ajeno a este tiempo y estas circunstancias: "La sopa de los pobres llega al centro, y su vapor al reino de los cielos".

La obra de arte

Por Horacio González

Una muestra de arte industrial, hecha de grupos electrógenos, grandes mangueras y tractores, recorrió las avenidas. Arte basado en el esfuerzo muscular y la coreografía aérea, que apela a un cuadrilátero de fuerzas: el agua, el aire, el fuego y el pavimento (la tierra). Novedad absoluta no era; ya habíamos visto a los grupos que lo antecedieron, pero el desfile de La Fuerza Bruta mostró un modelo narrativo que fusionó espacios abiertos urbanos y dramaturgia situacionista. Los cuadros tratados con contrapuntos entre la maquinaria y los cuerpos originaban un simulacro fabril con desenlace artístico.

No sólo era la estetización de la historia, sino la actuación de partes efectivas de la realidad que hacían trastabillar su sistema representativo. Camiones militares, autobombas, soldados actuales haciendo de soldados antiguos, y soldados reales haciendo de trabajadores del espectáculo. Y actores haciendo de ellos mismos y de los demás. Precisamente, el espectáculo luchaba por superarse a sí mismo y lograba puntos de lirismo con metáforas brutales. Fuego y Constitución Nacional, danza y fabricación de heladeras. Son alegorías hechas con materiales físicos y patafísicos. En todo el transcurso de las escenas privó el realismo pedagógico de calle, con destellos brechtianos y escenarios arquitectónicos geométricos en la redescubierta Diagonal Norte.

Heredero del circo, de la televisión y de la plaza medieval, este teatro posvanguradista vive de crear pequeñas miniaturas emotivas con utilerías de dimensiones portuarias e ingenierías de precisión. La tecnología se encuentra con el arte y la imaginación histórica. No todos los cuadros están enteramente logrados, pero los soldados de Malvinas, muertos-vivos desfilando, las Madres de la Plaza, sonámbulos circulares, y el ejército de los Andes, cuerpos que viven en el frío la sensación física de la guerra, son experiencias de simulacro artístico con contenido bélico y de contenido bélico con simulacros artísticos. Por momentos, no se sabe si un cable eléctrico, una manguera gigante o un ventilador descomunal son objetos artísticos o meros soportes de la exposición. La asociación absurda de objetos, como taxi-bandoneón, actúa como una juntura aleatoria que crea iconos de una cultura popular que pierde obviedad y transita la comicidad del absurdo.

Pero no es plaza de saltimbanquis, ni circo-teatro, ni televisión-verdad. Es la continuidad muscular de las grúas en los mecanismos de fuerza de los cuerpos. Hay peligro y seguridad. Simbología y maniobra eléctrica. El gas como arte y la danza como despliegue operario. El aire como artificio fabril y los actores como cortejos sangrientos. Espejos de una historia de esperanza y violencia. Las fuerzas productivas y las relaciones de producción se tornan estructuras y superestructuras, que se alternan y confunden entre sí. Lo que vimos fue el otro yo, el complemento y la negación del desfile militar, con elementos del desfile militar. Su verdadera ejecución y crítica. Hecho por actores soldados y soldados actores, por nieves de aerosol y estruendos que hacen caer a extras de cine. Carnaval trágico, lo que ocurrió en la puesta en escena por el grupo Fuerza Bruta. Fue una gran experiencia verlos desde el cordón de la vereda, junto a los artistas Daniel Santoro y Walter Santa Ana, críticos leales que no ahorraban comentarios precisos y cáusticos elogios. Espectros de la historia argentina desfilando, arlequines del pasado que retornaban escénicamente sujetados por cables y arneses.

Este Bicentenario puso a la vista muchas cosas. La advertencia y la insinuación de nuevas vibraciones populares; las diferentes escalas del goce artístico tal como provienen de viejos arquetipos cerrados de todos los géneros musicales, desde Tchaicovsky hasta el Chaqueño Palavecino. También se puso en movimiento una mayor interrogación de las soluciones que ya había establecido el formato habitual de lo “popular” y el modo rutinario de lo “cultivado”. La ciudad pudo ser vista de otra manera, en una paralización lúdica de carácter autorreflexivo. Los funcionarios políticos se convertían en criaturas momentáneamente volátiles a la espera de recuperar lo que les toque en materia de autorías e iniciativas. Los espectadores se convertían en investigadores momentáneos de una fuerza colectiva a la espera de que fragüe su soterrado espíritu fundacional.

Todo esto trajo este mes de mayo en cuanto al capítulo siempre abierto del reagrupamiento novedoso e imaginativo de los lenguajes populares y el activismo artístico. La obra de arte colectivo que se representaba era la fuerza popular representando su propio pensamiento para buscar la forma más creativa de hacerlo efectivo en los pavimentos y arrabales de la historia.

Oración para Tedéum Bicentenario

Por Daniel Goldman
Rabino. Comunidad Bet El. Texto pronunciado en el Tedéum de Luján.

Argentina
Tierra de vidalas y Salmos.
Tierra de cobijo para inmigrantes.
Tierra de creación de gauchos judíos.
Tierra de sembrado de semillas y de cosecha de doctores.
Tierra de Gerchunoff, César Tiempo y Milstein.
Tierra de costureros y hojalateros.
Tierra de maestros y aprendices.
Tierra de diversidad y universidad.

Tierra que forja nuestra identidad tan judía como argentina
y tan argentina como judía.
Tierra que nos enseña que identidad y memoria
son dos caras de una misma moneda.
Tierra que nos convoca en este día de profundo carácter simbólico
a habitarla a través del arte de la memoria.

Memoria que nos interpela y nos demanda;
Memoria que incomoda al cómodo y acomoda al incómodo:

Evoco la memoria en el derecho de los pueblos originarios.
Evoco la memoria de los padres de la patria.
Evoco la memoria de los que ejercieron el poder con decencia y humildad.
Evoco la memoria de los obreros muertos en la Semana Trágica.
Evoco la memoria de los desaparecidos en la dictadura y los chicos de Malvinas.
Evoco la memoria de los muertos en la Embajada y en la AMIA.
Evoco la memoria de las voces marginadas, de los pobres y los excluidos.

Porque la memoria afirma la vida, y nos compromete con la humanidad.
Porque la memoria detiene cualquier abuso de poder,
otorga espíritu de resistencia y dignifica.
Porque la memoria rescata de la humillación y el exilio.
Porque la memoria exige que la autocrítica no sea mera disculpa
sino el ejercicio que nos ayude a retomar nuestros ideales como nación.

Invocamos a Dios
En esta celebración del Bicentenario, para que nos guíe y nos desafíe a seguir construyendo, a través de la memoria, un porvenir con un compromiso activo, de modo tal que los siglos nos vuelvan ejemplo de prosperidad, solidez, integración e integridad y que la gente diga con orgullo:
al gran pueblo argentino, Shalom.

Acerca de esta mujer

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha despertado mucha polémica en Argentina. A continuación transcribimos una nota publicada en "El Diario del Centro del País", de la ciudad de Villa María, Córdoba, escrita por Juan Montes.

Se habló del país virtual y el país real. Entre ambos, emerge a su vez, un tercer país: el país de la percepción que viene a desvirtuar, tímidamente, el apocalipsis que promueve el primero y a descubrir, con la misma timidez, algunas certezas esperanzadoras del segundo. Esta nueva lectura que algún sector de la sociedad comienza a hacer es consecuencia de una actitud política: instalar el debate social, resignificar la participación activa de base y confrontar antiguas dicotomías rayanas al tabú, al prejuicio y en el peor de los casos, al desinterés. Este, y no otro, definitivamente es el mayor y mejor logro de esta mujer, que, guste o no, es la presidenta Cristina Fernández. Todos los demás aspectos son desprendimientos de esta decisión. Y es éste y no otro, definitivamente, el caldero donde hierve el caldo del odio, la sal que hiere al dibuk, las causas que causan terror.

A partir de esta premisa hay que destacar algunos méritos. Entre ellos está el que habiendo sufrido una conspiración de acontecimientos que auguraban su fracaso, pudo salir airosa y sin triunfalismos, como un bote que emerge de la furia tormentosa en el océano. Remontó la crisis internacional, padeció uno de los mayores default de nuestra historia, soportó la más férrea denigración mediática, amortiguó los golpes de una devastadora oposición que huérfana de líderes demócratas verdaderos tiene como fin debilitar a un gobierno que -vaya la paradoja y la hipocresía- la misma oposición integra, aguantó la indiferencia y la adversión de sectores de los que se espera un convenio tácito sobre cuestiones básicas como lo son los derechos humanos, la democratización de los medios y el respeto a las instituciones, la asignación universal y las políticas educacionales.

Los que miran profundo ven lo verdadero. Aquí se inicia otro mérito: esta mujer no salió a derrumbar los castillos de arena desde cuyos balcones profetisas descarriadas o séquitos de cletómanos auguraban catástrofes. Dejó, con paciencia materna, que caigan solos: se dijo que el campo se fundiría, el campo no se fundió; se vaticinó una estampida del dólar y el dólar se mantuvo manso; se pronosticó una política de ajustes y la respuesta fue más medidas sociales; se le endilgó una calidad de títere de su esposo y demostró muy clara su autonomía; se amenazó con una chavinización de la República y mostró estar tan cerca de Chávez como de Lula o Evo Morales, se la tildó de montonera y el único ejército que mostró fueron los fans de 6-7-8.

Esta mujer es más que Chanel y Louis Vuitton. Es la mandataria que aplicó políticas que nadie, desde hace cincuenta años, se animó a aplicar. Y eso es meritorio. Fue más allá en un país donde los límites siempre fueron impuestos por sobre los gobiernos. Y eso, por ser meritorio, es para muchos imperdonable. Y en ese ir más allá descoloca, desconcierta, desestabiliza a todo el arco político que balbucea contradicciones. Néstor Kirchner es predecible y por lógica su Gobierno fue de crecimiento cuantitativo. Esta mujer no construye política, instala el debate de la política misma; no polemiza en primera persona, instala la polémica y deja que los actores sociales polemicen. El Gobierno de esta mujer es cualitativo y eso la diferencia del resto.

En este escenario que esta mujer provocó, en el mejor sentido de la provocación, aparecen dos líneas claramente definidas: retoma políticas inclusivas de Perón y la actitud confrontativa de Eva. Y antes de hacer comparaciones con Perón y con Eva, es preferible arriesgar dos lecturas posibles: este Gobierno es lo más parecido al Gobierno peronista en los últimos cincuenta años y la mujer que lo encarna, antes que otra cosa, antes que ninguna otra cosa, es, como dice un amigo, un cuadro político. Y un cuadro político privilegia, por sobre todas las cosas, su noción colectiva del concepto Patria.

Este Gobierno no tiene muertos propios. No reprimió el default del campo ni las movilizaciones contrarias. Enfrentó a los adversarios, a los opositores y a los enemigos con la palabra, con la invitación a debatir o el desafío a discutir. Y este mérito, genera impotencia y la sucede el odio. Esta mujer quebró los esquemas: no sacó a la CGT a la calle, no movilizó su "clientelismo social", no fue violenta como muchos quizás, peligrosamente, hubieran querido. Fue hasta lugares donde hasta hace cinco años eran impensados: puso en evidencia no sólo el andamiaje de los medios de comunicación, sino además, abrió el debate sobre el rol, la ética y la imparcialidad de los periodistas; desmitificó la soledad de las madres y sacudió el letargo impune de los crímenes de lesa humanidad; adhirió activamente a la más sólida intencionalidad de integración latinoamericana…

¿Cómo no va a generar odio si hace lo que otros gobiernos populares hubieran querido hacer? ¿Cómo no va a generar odio si hace lo que cualquier gobierno antipopular no quisiera que se haga? ¿Cómo no va a generar odio si para colmo esta mujer, es mujer?

viernes, 28 de mayo de 2010

La lección del Bicentenario

27-05-2010 / Desafiando a los pronosticadores del caos y el desánimo, una multitud sentó las bases de la Argentina que viene. Los dirigentes políticos, económicos y sociales recogen el reto.

Por Ricardo Forster

Cada generación se enfrenta, en algún momento de su travesía por la vida y por la historia, con la posibilidad o la necesidad de reinterpretar el pasado de acuerdo con sus propias vicisitudes, sus propios prejuicios y sus propias emociones y reflexiones. La historia no es un objeto muerto, una pieza de museo que permanece siempre igual a sí misma. Cada época la toma en sus manos y la resignifica, vuelve a escribir sobre sus páginas aquello que parecía clausurado. Interpretar es modificar la trama de lo acontecido desde las perspectivas incitadoras del presente pero es también descubrir y reconocer que el pasado es un territorio de conflictos no resueltos, de una actualidad que sigue dirimiendo en su interior aquello que permanece abierto. Somos, qué duda cabe, los sueños y las pesadillas, las apuestas esperanzadoras y las hondas frustraciones de lo que ha dejado marca en nuestros cuerpos y en nuestra memoria como pueblo.

Lo acontecido estos últimos días, el fervor increíble de millones de argentinos que se lanzaron con alegría y serenidad a festejar el Bicentenario, el amasijo de símbolos culturales y de expresiones artísticas que se entramaron para darle forma a la historia de estos 200 años mostrando poderosamente de qué modo los lenguajes del arte y de la cultura hacen centro en lo más profundo y afectivo de una sociedad sin eludir sus zonas oscuras, esas noches de una historia que también cuentan a la hora de hacer un balance como nación. Pero que también liberan la fiesta, el bullicio, el baile al ritmo de la murga, ese que nos recondujo a los días de la recuperación democrática del ’83, como recordándonos de dónde veníamos y hacia dónde queríamos ir. Todo estuvo allí: las madres en su eterna ronda de memoria y justicia; los pueblos originarios señalando una deuda que permanece impaga; las luchas obreras atravesadas por la pasión de los ideales; los sueños de millones de inmigrantes de llegar a una tierra pródiga y, seguramente, también la frustración de muchos al no poder alcanzarlos; la vanguardia artística entrelazada con los íconos de la industria nacional representada por el Siam Di Tella; la memoria de Malvinas, de la muerte absurda de cientos de jóvenes, la vileza y la desilusión en la curva final de la peor dictadura de nuestra historia; los golpes y la democracia junto con el éxodo jujeño y la gesta independentista, esa misma que volvió a colocar el destino latinoamericano y sureño de la Argentina diferenciando este Bicentenario de aquellos otros festejos del primer centenario en el que la invitada de honor fue la infanta Isabel y Europa era el faro que orientaba el imaginario de una Argentina opulenta y restringida. Lenguajes del arte para intentar decir lo difícil de ser dicho, para construir una extraña empatía con las multitudes que se derramaban a su alrededor festejando y emocionándose ante una recreación particular, como no podía ser de otro modo, de las vicisitudes argentinas de estos 200 años.

Días de multitudes abigarradas en las que las profecías de diluvios de violencia e inseguridad se transformaron en entusiasmo y festejo. Días para correr algunos velos que enturbiaban la visión de nuestra sociedad y que posibilitaron, en vivo y en directo, sin armados ni montajes televisivos siempre disponibles para retratar la supuesta territorialidad del horror y de la crispación, comprobar que lo popular está allí, que permanece a la espera de esas señales de la historia para salir a decir lo suyo. Que esas multitudes, que nos recuerdan nuestro fondo aluvional, se desplazan desplazando la actualidad hacia nuevas y todavía impensadas situaciones, como diciéndonos que lo ocultado, lo silenciado y lo ninguneado por las retóricas del establishment comunicacional, que esas mismas masas oscuras, los negros eternos de nuestra historia, los que sólo se mueven, eso no se cansan de repetir por todos los medios a su disposición, por el choripán y la dádiva, estuvieron allí para reencontrarse con lo que les pertenece, con el espacio público, con esas calles y plazas de un país que muchas veces los ha negado y reprimido o los ha transformado en el símbolo del peligro o de la violencia.

Una extraña e inusitada serenidad festiva reinó durante cuatro días mientras una alegría por la patria de la infancia parecía recorrer el ánimo de la gente-pueblo. Y escribo “patria de la infancia” para diferenciarla de esa otra “patria” envilecida y rapiñada por los falsos patrioterismos, de esos que supimos conocer tan bien en el pasado. Asocio infancia y patria porque tiene que ver con los afectos, con los arraigos, con aquellos símbolos que nos retrotraen a patios escolares, a imágenes guardadas en el fondo de la memoria, al barrio, a una tierra que es la nuestra, a los sueños y a los juegos. Esa patria regresó en estos días, se desplazó entre la multitud, se despertó de su letargo o de esos usos espurios que los poderosos han venido haciendo de eso entrañable que pertenece a nuestros recuerdos. Infancia y patria, pero también alegría y nostalgia en una danza de emociones compartidas.