El quiebre

El día que la gente terminó con el poder abrumador de los grandes medios, los ignoró, les hizo caso omiso. Y a la campaña de miedo-inseguridad-crispación-todo negativo les opuso sensatez, festejo, alegría, esperanza y todo esto con muchísima gente en las calles es un quiebre como fue el 17 de octubre. Para animarse a soñar.
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jueves, 17 de junio de 2010

viernes, 11 de junio de 2010

19 de abril de 2010 Betríz Sarlo, explica porqué si no gobierna De La Rúa y Meijide le resulta difícil acordar con un ex presidente

En una entrevista con lanacion.com, la escritora y ensayista, una de las cabezas más lúcidas y críticas del país, reflexiona acerca del Bicentenario y del contexto político; "En estado de miseria y necesidad no hay ciudadanía política", asegura

Lunes 19 de abril de 2010




Los comentarios y paréntesis son de Raúl Degrossi

Apoyada contra una pared de su estudio de la calle Talcahuano, situado a pocas cuadras del Congreso, Beatriz Sarlo enciende un cigarrillo con boquilla, accesorio que a esta altura la caracteriza. Antes de comenzar la entrevista, la política ya ocupa el centro de la escena.

Observadora mordaz de la realidad, conspicua analista de la cultura nacional, la autora de Escenas de la vida posmoderna llega al paroxismo cuando habla de uno de los grandes problemas irresueltos: la pobreza. (¿al paroxismo?, ¿y cuando tiene un orgasmo que le pasa?, ¡andá!) "En estado de miseria y necesidad no hay ciudadanía política, no se pueden ejercer los derechos", advierte. (sonamos, llegó Lilita, la legitimidad segmentada y “vamos a rescatar a nuestros hermanos pobres de las garras del clientelismo”, ¡”qué observadora mordaz”, y “conspicua analista”, eh!)

Durante una hora, en el ciclo de reportajes que lanacion.com propone de cara al Bicentenario, la docente, escritora y ensayista de prestigio internacional reflexiona sobre la Argentina, los argentinos y la argentinidad. Su cuerpo menudo se sienta al costado de una mesa despojada, flanqueada por una biblioteca. En ese escenario, desmenuza la coyuntura política y social.

"El problema fundamental hoy es el perfeccionamiento de las instituciones, pero el eje es la pobreza. En términos institucionales, la Argentina ha avanzado y en términos de ciudadanía social ha retrocedido ininterrumpidamente desde los años ´70", asegura la intelectual que, siguiendo a Susan Sontag, en su libro Tiempo pasado, estableció: "Es más importante entender que recordar. Aunque para entender sea preciso, también, recordar". (¿?)

¿Qué le evoca la palabra Bicentenario?

Es una celebración que los argentinos no estamos en condiciones de hacer. (¿esperamos al Tricentenario?) Efectivamente, parece que las cosas de larga preparación no salen demasiado bien en este país. (ah, no, al Tricentenario tampoco, ni perdamos tiempo parece) Tendrán lugar algunas puestas en escena en el espacio público, pero va a pasar sin que nos demos cuenta. Me gustaría saber qué está sucediendo en las escuelas, cómo se está procesando.

¿Por qué cree que llegamos así?

Posiblemente por improvisación y por la capacidad que hemos adquirido de enfrascarnos en el problema del momento. (y sí, por preocuparnos por la pobreza o llegar a fin de mes, nos olvidamos y se nos vino el 25 de mayo encima) Y el Bicentenario no lo es. Cuando Francia celebró el Bicentenario de la Revolución Francesa fueron años de discusiones encarnizadas sobre cómo iba a ser el despliegue en la esfera pública, cómo iba a tratarlo el Estado... Después hubo críticas y se siguió comentando. (y sancionando leyes para echar inmigrantes, y votando a impresentables como Sarkozy, y...) Hay una especie de "instantaneísmo" del cual surgirán cosas sin importancia.

¿Le parece que el Bicentenario se volvió sólo una marca y no una oportunidad para reflexionar de verdad?

Bueno, llamar "fondo del Bicentenario" a uno de los decretos de necesidad y urgencia más problemáticos promulgados por la Presidencia indica que esta palabra ha perdido toda densidad semántica. Y es porque a nadie le importa realmente. Es posible que a ninguno de nosotros le importe. (bueno, guarda, a La Nación parece que sí, por eso está haciendo estos reportajes) No se vive el clima que se vivió en 1910. (menos mal, porque si no tendríamos estado de sitio y ley de residencia para echar bolivianos, paraguayos y peruanos) Primero, porque las cosas han cambiado culturalmente. Sería imposible pensar que un poeta se sentara como Leopoldo Lugones y escribiera Odas Seculares. (pero Majul por unos buenos mangos de la Rural no tendría problemas en escribir otro libro exaltando a la Argentina “granero del mundo”, eh) Las artes tienen hoy una vinculación con la vida pública muy diferente y mucho menos sintonizada con ella. (¡que tremenda pelotudez!, ¿y ésta es una intelectual?) En segundo lugar, se careció de un centro planificador que organizara territorialmente esta celebración. (hay Sarlo, pero vos no te enteraste porque no te importaba o no te invitaron a dar una conferencia, porque estabas en el paroxismo por la pobreza) En tercer lugar, la celebración coincide con una crisis, lo que hace difícil que el Gobierno encare una celebración que implica mucha preparación y energía. (claro, en 1910 metieron en cana a todos los anarquistas y sindicalistas una semana antes y después se encargaron tranquilos de los festejos)

Cien años atrás, Joaquín V. González indicaba que un rasgo distintivo de los argentinos es que vivimos en discordia. ¿Hay posibilidad de salir de esa dicotomía del blanco o negro? (algunos que escriben y comentan seguido en este diario dicen que sí: matando a todos los negros se termina la dicotomía)

Sí, González hablaba de la ley de la discordia y mencionaba otro rasgo que es la defección de las elites. Hacía un balance del Centenario que no era negativo, pero también mencionaba que las elites políticas y económicas no habían estado a la altura de las circunstancias. Si bien se había logrado mucho en términos institucionales, (¡ufff, sí!, hasta 1916 no se pudo elegir a un presidente de otro modo que no fuera el fraude) las elites habían defeccionado de ciertas tareas espirituales que a González le parecían fundamentales.

En la Argentina, la marca maldita que tuvo en los últimos 100 años es la de los golpes de estado. Comienzan en 1930 y no terminan de sucederse hasta 1976. O sea que 46 años, casi la mitad de esos 100 años, vivimos en una constante inestabilidad política. Aquí hubo una intervención militar permanente en la vida civil del país por defección de las elites políticas, pero también por una politización profundísima de las Fuerzas Armadas. Si hubiera algo que celebrar en este segundo Centenario es el fin de la desestabilización institucional en el país. (pero si hubiera algo, eh, no lo dice muy convencida, pero si esto fuera Francia, otro sería el cantar)

¿Cómo ve a las instituciones democráticas?

Están funcionando. Ha habido una renovación de la Corte Suprema muy importante que encaró Kirchner y hay cierto protagonismo parlamentario. (ah sí, las últimas sesiones sobre todo) No podemos pensar que funcionen como en una república escandinava, la Argentina viene de un funcionamiento muy defectuoso de sus instituciones. Me parece muy importante que esté la Corte Suprema como un reaseguro último de la constitucionalidad. El problema fundamental hoy es el perfeccionamiento de las instituciones, pero el eje es la pobreza.

La ciudadanía social que parecía en expansión durante la primera década peronista (ojo: parecía no más, ya van a ver que todo era una ilusión) es la que está profundamente afectada. Y en estado de miseria y necesidad no hay ciudadanía política, no se pueden ejercer los derechos. Ahí es donde surge el clientelismo, el verticalismo, los punteros. En términos institucionales en los últimos 30 años ha habido un progreso, pero en términos económico sociales hubo retroceso. (¿y el verticalismo, el clientelismo y los punteros donde entran, en los “términos institucionales” o en los “económico sociales”?, ¿y las causas del retroceso, oh “conspicua analista”?)

¿Cree que la dirigencia busca quebrar esa lógica o la alimenta?

El Partido Justicialista tiene una larga tradición de relación con los pobres. Es una relación en la cual hay una mezcla de clientelismo y también de protección. Quien piensa que la relación del justicialismo con lo pobres es simplemente ir con un garrote a pedir el voto se equivoca. El peronismo es el que mejor sabe hacer esto porque es el que tiene la mayor cantidad de gobernadores e intendentes en los sectores donde hay más pobres. Eso lo convierte en una "federación" de expertos en manipulación de las conciencias, de los votos y del otorgamiento de favores indispensables para la vida cotidiana de los pobres. (sí, porque Brizuela del Moral en Catamarca o los Colombi en Corrientes armaron un Estado escandinavo donde hasta el último peso de asistencia social está bancarizado, eh, y esto en el Estado de 1910 no pasaba, claro) Hay que ser pobre para saber que para parir se necesita ayuda y a veces es sólo el puntero el que está ayudando.

Es un mal necesario...

Si una ambulancia no puede entrar a la villa indica que hay una ausencia del Estado. Por tanto aparecen estas intermediaciones [en relación a los punteros] que hacen que la política sea muchísimo más primitiva. (“política criolla”, diría Juan B.Justo, ¿no?) No permite que esa gente en estado de necesidad pueda ejercer plenamente su ciudadanía. (¿qué no lo permite, la ausencia del Estado o la intermediación de los punteros?)

¿Cómo se revierte esa situación de vulnerabilidad?

La ciudadanía se recupera sacando a la gente de las condiciones de indigencia. Meter ciudadanía en la pobreza, universalizando los programas de ayuda. (¿no será “sacar” gente de la pobreza?) El adjetivo clave es universal. El Estado moderno debe serlo por definición.

La movilidad y la justicia social fueron banderas del peronismo. ¿La dirigencia se olvidó de ésto?

El primer gobierno de Perón se dio en otras condiciones nacionales e internacionales. Los primeros años de ese gobierno en términos económicos fue muy favorable para la Argentina. Era un país más sencillo porque no había problemas de empleo. La sustitución de las importaciones, las condiciones en que quedó Europa después de la guerra hicieron que florecieran una serie de industrias que después no pudieron mantenerse. (larguísima reiteración de la difundida zoncera de “los pasillos del Banco Central repletos de lingotes”, la vieja explicación gorila del peronismo como el simple resultado de una coyuntura económica feliz) Lo inaudito en la Argentina es la caída del empleo a partir de mediados de la década del ´70. Perón no enfrentó esa realidad. El mundo del desempleo vino después. (claro, “observadora mordaz y conspicua analista de la realidad nacional”, justo cuando la dictadura se dedicó con todas las energías de Martínez de Hoz, Suárez Mason y compañía a demoler la estructura social y económica construida desde el peronismo, ¿por qué habría de ser “inaudita” la caída del empleo desde entonces, si no fue más que la consecuencia lógica e incluso en parte buscada de esas políticas?)

¿Cómo llegamos a los 200 años?

Llegamos retrocediendo. (¿en relación a que época, 1910, 1945 o el 2001?, porque de acuerdo a la que elijas, se puede estar o no de acuerdo con tu diagnóstico) La Argentina era un tipo de Nación caracterizada por una alfabetización muy eficaz. Hoy no podemos garantizar una alfabetización universal que sirva para el mundo del trabajo.

¿La dirigencia actual está capacitada para sacar el país adelante?

Pienso que la política se hace con partidos. Lo que se necesitan son partidos innovadores. Los políticos deben serlo culturalmente. (y los políticos hacen los partidos, se hizo bien la boluda pero no respondió a la pregunta)

¿Son innovadores los políticos?

Han surgido nuevos líderes. Kirchner en su momento fue sumamente innovador. Que después haya tomado un camino que a mí personalmente me disgusta de manera profunda es otra cosa. Pero en el momento en que llega a la presidencia con la conciencia de que debe legitimarse frente al pueblo es innovador. Es valiente en dos o tres cosas que realiza. En otras continúa la presidencia de [Eduardo] Duhalde, que es el que nos sacó de la crisis. Además pienso que han surgido políticos como [Elisa] Carrió, [Claudio] Lozano y [Fernando "Pino"] Solanas que interpelan a gente joven. (y por lo visto últimamente, la gente joven cada vez les da menos bola, ¡qué triunvirato elegiste, eh!) El justicialismo y radicalismo están tratando de entender cómo rearmar esa extensión en términos de una política innovadora y con sentido de futuro.

La sociedad argentina es presidencialista, paternalista. ¿Hay líderes que le puedan disputar el poder a Kirchner?

- El poder es como la plata. El poder llama al poder. Kirchner podría haber pasado toda su vida en Santa Cruz. (¿por qué mierda no se quedó allá, no?) Construyó poder desde un lugar muy privilegiado: la Presidencia de la República. (bueno, De La Rúa también estuvo ahí y mirá como terminó, si todo fuera un problema de lugar, sería facilísimo) Hay que ver qué pasa con los políticos que deben construir desde lugares menos privilegiados. (¿qué hacemos entonces, los dejamos un mes de presidentes a cada uno a ver como construyen política?, así dicho parece una justificación intelectual del experimento Cobos) Se está produciendo por primera vez un corte en la política: los que hacen política porque tienen dinero. Es el peor corte que se puede producir. Si hay un candidato como [Francisco] de Narváez que va a usar su potencia económica en una interna afecta a otros sectores de gran experiencia como puede ser Felipe Sola. (que tiene menos plata, pero al mismo tiempo tampoco construye un carajo, claro, no fue todavía presidente y por eso no tuvo acceso a ese “lugar privilegiado”)

¿Se perdió la militancia en ese sentido? Pienso en candidatos como [Mauricio] Macri y De Narváez que salieron del empresariado.

El sentido de la militancia y la crisis de la política van juntas. En 2001, el reclamo "que se vayan todos" era una impugnación a viejos estilos políticos. Los partidos grandes conservan algo de sus estilos. Tienen aire de familia. Contra eso la gente reaccionó. Con una baja lectura de los diarios, con una lectura distraída de la política, a la gente le faltan elementos para juzgar a la política. (y con una lectura ciega de los diarios, como la mayoría de los lectores y comentaristas de La Nación, ni te digo) Si dijera que la sociedad siempre es maravillosa, sería populista y no lo soy. Soy de izquierda, pero no populista. (a lo largo de la entrevista lo segundo quedó perfectamente claro, lo primero corre por cuenta tuya) Si las encuestas dicen que sólo el 5% de las personas leen la sección política tengo que tomar con pinzas ciertas críticas. (¿de la gente, o de los periodistas que escriben las secciones políticas?, ¿ésta “observadora mordaz y conspicua analista de la realidad nacional” se forma una idea de la política leyendo a Morales Solá o Van Der Kooy?, estamos al horno si estos son los intelectuales imprescindibles)

Otras naciones de la región como Brasil, Uruguay y Chile siguen desde hace años políticas de estado inamovibles más allá de la alternancia en el poder. ¿Por qué cree que todavía se discute qué tipo de país queremos? (no pibe, no se discute, ya lo sabemos todos, se pelea para ver cual impone el que quiere)

Brasil sí es un país de políticas a largo plazo en política exterior. (obviedad repetida hasta por Marley en cualquier reportaje donde le preguntan que juegos tendrá su nuevo programa) El hecho de que [Luiz Inacio] Lula da Silva sea un líder de primera línea tiene que ver con que Brasil es una potencia emergente, que es un personaje que ejerce fascinación, pero también tiene que ver con una herencia de una política exterior de la Cancillería. Ya tiene un camino trazado por la cancillería y Fernando Enrique [Cardoso]. De Uruguay deberíamos aprender que es un país que acepta su medida. A la Argentina le es doblemente necesario porque siempre creyó que era más de lo que era y ahora es mucho menos de lo que hubiera podido ser. (y sí, podríamos ser Australia o Nueva Zelandia, se ve que en los reportajes de intelectuales en La Nación hay que repetir no menos de diez zonceras o lugares comunes, si no no salen) Uruguay siempre aceptó la idea de ser un país pequeño. Nosotros decíamos: "los argentinos y los latinoamericanos", como creando una categoría distinta. De Chile aún no sabemos. La Concertación fue un modelo de diálogo entre partidos políticos. Tenemos que hacer una adecuación de nuestra idea de país y eso va a llevar a una adecuación de políticas materiales: qué tipo de desarrollo, qué tipo de empleo queremos, cómo ayudamos a los que están fuera del mercado de trabajo. (nos sigue iluminando el camino con precisión de bisturí de cirujano Sarlo, eh)

Da la sensación que de haber acuerdo entre las distintas fuerzas será en la etapa post Kirchner...

Bueno, con Kirchner no se puede acordar ni un picnic. (¿y vos trataste?, porque dicen que los sábados en Olivos organiza unos asados bárbaros con fulbito y todo) Mal se puede acordar una política de Estado. No sé si hoy tienen noción los Kirchner de lo que es una política de Estado. (¿y cuál sería para vos por ejemplo?, porque a mí de sólo pensar en mantener cuatro o cinco cosas hechas desde el 2003 para acá con la Corte Suprema, los jubilados, la asignación universal, la ley de medios, la tolerancia a la protesta social, la integración a América Latina, la ley de educación y el financiamiento educativo y otras me saltan varias “políticas de Estado”; claro, no creo que La Nación o vos las compartan, pero bueno, ya sabemos como es: políticas de Estado son las que se les ocurren a ustedes, y tenemos que tragarnos todos, aunque no estemos de acuerdo)

¿La decepcionaron los Kirchner?

Apoyé la nueva conformación de la Corte y la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida, que en realidad proviene de proyectos anteriores en el Parlamento. (acá apareció otra Tennenbaum: “¿qué les pasó?”, y empezamos con la sanata de la “apropiación K de la agenda de la oposición”, ¿no había que tener políticas de Estado a largo plazo?) Me parece que ellos hicieron de eso un uso indebido ya que el momento verdaderamente peligroso en el juicio a los militares fue cuando Alfonsín decidió el proceso. (sí, pregúntale a Julio López, y a las Abuelas que tratan de saber de quien son los hijos de Ernestina lo fácil que es) Se pusieron de héroes de una epopeya que ya no lo era. (curiosa idea de la epopeya tiene Sarlo: hacer justicia no tiene nada de epopéyico parece) Pero entiendo que las organizaciones de derechos humanos se hayan sentido interpeladas por este Gobierno y la recuperación de chicos apropiados. Hubo ciertas intervenciones en cuestiones que afectan la vida de la gente que me parecieron muy importantes.

Ahora, el estilo Kirchner durante el conflicto con el campo ya venía anunciado de antes. Los Kirchner no dialogan. No sé si alguien que leyó a Carl Schmitt los convenció de que eso era muy propio de políticos decisionistas. Lo cierto es que ellos no lo leyeron. (tiene acceso a la biblioteca de Olivos, parece, o se compró ella todos los libros de Schmitt) Tomar decisiones en Olivos todas las mañanas no es lo que Carl Schmitt llama decisionismo político. (no, es apenas lo que la Constitución le pide al Presidente) Espero que nadie los haya convencido de eso. La idea de conversión de todo acto político en un acto bélico se veía de antes de diciembre de 2007.

¿Qué le sugiere que la próxima presidencia se la puedan llegar a disputar Julio Cobos, Francisco de Narváez, Carlos Reutemann o Mauricio Macri? (que todos nos tendríamos que pegar un corchazo en la sien)

Kirchner no tiene hoy diplomas para presentarse como de centro izquierda. (¿dónde los dan, en la escuelita de Pino Solanas o en el Instituto Hannah Arendt?) Esos diplomas son de su pasado. Después, la derecha cultural que interpela a una zona de la sociedad con Macri, De Narváez y Cobos. Interpela todo lo que en la sociedad uno podría etiquetar como posmoderno, aunque el término no se use más. Es decir, desconfianza de lo político, pensar que el fracaso o el triunfo dependen de un camino individual. Pensar que la politica es gestión, por lo tanto pierde toda dimensión social de lo político. Lo que vale es hacer muchas veredas bien en Palermo Hollywood. Me gustaría peatonalizar Lugano o urbanizar las villas. Pensar que la politica es gestión es sacar del medio la idea de que la politica es conflicto entre los que tienen y los que no. Lo que esta surgiendo es una idea individualista de cómo me va en la sociedad.

La derecha política interpela a una zona auténtica de la sociedad que es la derecha cultural de la sociedad que ha perdido todo principio solidarista. Una deuda pendiente es reelaborar los argumentos de la izquierda politica y cultural. (el único tramo del reportaje donde dice algo inteligente, el problema es reelaborar los argumentos de la izquierda política y cultural con gente como Sarlo, que cree que es de izquierda y analiza las cosas como se ve en este reportaje)

El peronismo, Perón y Eva. Hay un chiste que me parece ingenioso: en mi casa somos todos apolíticos y también todos peronistas. Marca esa universalidad cultural de un movimiento exitoso en implantar fuertes mitos políticos. Perón fue un dirigente inteligentísimo. La personalidad que armó para Eva y que ella representó de manera perfecta fue el anclaje material-cultural de un partido político. Le dio a través de Eva el cuerpo al estado de bienestar a la criolla. Creó un mito político que puede ser reciclado en las más variadas vertientes del peronismo. Los montoneros y los viejitos llegaban a la plaza con imágenes de Eva. (larguísima parrafada del más puro acervo gorila que pone en contexto el intervalo lúcido del párrafo anterior: la subsistencia del peronismo como identidad política de millones de argentinos se remite al territorio mítico, no tiene según Sarlo (en esto todo menos original) ningún anclaje visible en realizaciones concretas, en derechos reconocidos y garantizados, e incluso en valores simbólicos profundos que no tienen nada que ver con creer en los Reyes Magos o en Papá Noel, si estos son los intelectuales de izquierda, no quiero pensar en el próximo libro de Aguinis)

domingo, 6 de junio de 2010

Tiraron abajo teorías de la oposición político-mediática

Festejos del Bicentenario tiraron abajo teorías de la oposición político-mediática
Publicado el 31 de Mayo de 2010 en www.cbanoticias.net Por Emilio Marín



Han concluido varios días de festejos del Bicentenario del primer gobierno patrio. Y el balance es altamente positivo para la abrumadora mayoría de los argentinos, excepto para la oposición.

A la hora del balance el cronista no sabe qué destacar más. Puede ser el altísimo nivel artístico de “Fuerza Bruta” dirigido por Dique James e integrado por más de 2.000 artistas, que pusieron allá en lo alto, casi en el cielo, un arte de vanguardia y popular. Esa performance superó la habitual contradicción que suele plantearse a nivel artístico entre el contenido y la forma, entre la política y la estética.

Ese fue uno de los grandes descubrimientos de esta fiesta. Los argentinos conocían a Lionel Messi, Fito Páez, las Madres de Plaza de Mayo, Hugo Chávez y muchas otras personas valiosas que reconoció en la TV o vio pasar por las calles o escenarios.

¿Pero de dónde salió “Fuerza Bruta”? Su irrupción extraordinaria demanda parafrasear a Víctor Hugo Morales en su relato del gol de Diego a los ingleses: “Genio, genio, ¿de qué planeta viniste?”. Algo así podría decirse de este colectivo que ya en su número supone un arte para mayorías.

Los pañuelos blancos iluminados de las Madres, los soldados de Malvinas con sus cruces de los caídos en pelea con el imperio, los obreros y obreras laborando en los autos Siam y las heladeras de la marca, la ciencia y tecnología en aulas con maestros y alumnos, etc, fueron conmovedores.
Entre sus muchos resultados positivos, además de gratificar el alma y emocionar hasta las lágrimas, hubo uno de tipo político: fue una derrota estratégica de la oposición política y mediática. ¿Por qué un traspié, se preguntará algún un opositor, haciéndose el desentendido?

La respuesta es sencilla. Si la Argentina fuera tan decadente, atrasada, empobrecida, corrupta, dividida, en retroceso, aislada del mundo –tal como la pinta a diario Clarín- no podría haber aparecido ni alcanzado ese alto nivel un contingente como “Fuerza Bruta”.

O, en caso contrario, esos artistas habrían sido una vanguardia para “un cambio” contrario al gobierno actual. Habría sido un arte de la mano de Elisa Carrió, Eduardo Duhalde, Julio Cobos y Mauricio Macri, para sepultar este ciclo político y fundar uno retrógrado.

Y es obvio que no fue así. Ninguno de esos políticos tuvo algo que ver con los festejos. Se quedaron entre sus cuatro paredes justo cuando las multitudes salieron a la calle. Mejor demostración de la falta de sintonía de unos y otras, imposible. El único que intentó alguna alternativa política y cultural fue Macri, con una velada elitista en el Colón –habiendo provocado la ausencia de presidenta de la Nación- con invitados de escasa cultura como Susana Giménez y Ricardo Fort. El procesado porteño también quiso confrontar desde la Catedral, pero el cardenal Bergoglio le bajó los decibeles a su homilía, diluyéndose la intención de ambos por crear un “doble poder”.
Merece un 10

Cristina Fernández se merece un 10, por ser en última instancia la responsable y organizadora de los festejos. Ella o alguien en nombre suyo habrá tomado las decisiones de qué tipo de actos se hacían, qué recitales, qué invitaciones a los gobiernos de la región, qué desfiles, cuánto gastar en el evento, etc.

Esas cosas no salen diez puntos por generación espontánea. Mucho menos en asuntos complejos, que reclaman sincronización, técnica, disciplina, organización, etc. Ni un locro para 100 personas se puede hacer a los ponchazos. Un festejo para más de 2 millones de personas, como el 25, requiere de un gobierno central o Estado fuerte, con planes de mediano plazo, recursos, ideas renovadoras, funcionarios capaces, aliados regionales y una política cultural democrática y a la vez popular.

La presidenta salió fortalecida políticamente. Y no sólo por sus correctos discursos y bien dichos, en cada ocasión, aunque si le dan a elegir el cronista se queda con el de la inauguración de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos, con retrato del Che Guevara incluido.

Es que allí plasmó en palabras su reivindicación de la lucha por la Primera y la Segunda Independencia. Habló de la diferencia con el modelo oligárquico que mugía en el Centenario y hasta se permitió recordar que Juan J. Castelli había advertido que si el Cabildo no formaba un gobierno vendría con patriotas armados para hacerlo.

Ni Macri ni Mario Das Neves estuvieron en ese acto, para no convalidar el compromiso regional ni los reclamos por Malvinas. Los dos gobernadores son los más penetrados por el corpus doctrinario del neoliberalismo y las multinacionales. Uno está con la “Patria Inmobiliaria” y el otro con la “Patria Petrolera”, pero no quieren saber nada con la Patria y menos con la Patria Grande Latinoamericana.

Cristina se lleva un 10 también porque se rodeó de 7 presidentes que a excepción del trasandino Sebastián Piñera son un sexteto progresista. Seis que bien se pueden contar como siete, por la presencia del derrocado hondureño Manuel Zelaya. Eso sin olvidar a Cuba, pues estuvo su vicepresidente Esteban Lazo, representante del socialismo y la negritud.

Clarinete y Gaceta Ganadera podrán decir cualquier cosa de Cristina: frívola, soberbia, cuasi dictadora y dependiente de su marido. El 25 de Mayo se la vio espléndida y hasta moviendo las caderas al ritmo de las murgas. El que pareció de madera era Néstor Kirchner. ¿No será pingüina la candidata de 2011?

Esta vez fueron tres

Según varios historiadores, en la Revolución de Mayo intervinieron dos grandes factores. Uno fue el pueblo, que tuvo a su vanguardia a quienes conspiraban en la jabonería de Vieytes. Y el otro fue el Regimiento de Patricios, que en el momento crucial apoyó a los patriotas y no al virrey.

En el Bicentenario se puede afirmar que los protagonistas fueron tres.

Uno, del que ya se habló, fue la columna artística, nutrida por “Fuerza Bruta”, la proyección sobre el Cabildo y los músicos de los diferentes géneros: desde el folclore hasta el tango, pasando por el rock nacional y otras mixturas.

Otro factor, también citado, fue el gobierno y el Estado, capaz de decidir que quería un Bicentenario con la gente en la calle y gestar esa participación masiva. En algunos casos eso supuso dinero, como haber dispuesto que ese día el transporte era gratuito (y seguramente habrá pagado más subsidios).

Dentro de las huestes estatales, cabe destacar a la televisión pública. Se acabó el mito de la TV privada como única que podía cubrir estos eventos. Pobrecitas Mónica Gutiérrez y María Laura Santillán. Pobrecitos Biasatti, Andino y Pettinato: Canal 7 con Gabriela Radice y Felipe Pigna estuvo a la altura de la fiesta. La tele monopólica ya había perdido con “Fútbol para todos”; ahora, como los canadienses en River, se fue goleada 5 a 0 por la TV pública. Y eso que la ley de medios sigue secuestrada por Clarín, la justicia y la oposición…

El tercer protagonista fue el pueblo argentino. Se estima que dos millones de personas estuvieron el martes y seis millones a lo largo de los cinco días de conmemoración. La gente sencilla de la Capital, el conurbano y venida del interior se vio en el centro de la ciudad aplaudiendo a los artistas y presidentes, visitando los stands de las provincias en la 9 de Julio, cantando el Himno y las canciones que sabían todos, gritando los goles del seleccionado, emocionándose con los desfiles y sacando fotos a rolete.

Con la lógica de la oposición, 6 millones de ciudadanos comprados con vino, choripan y unos 20 pesos más per capita, le habrían salido una fortuna al gobierno. Pero no fue así. Los ladrones creen que todos son de su condición. Acá hubo patriotismo, ganas de festejar, alegría de saberse argentino, felicidad por estar acompañados por países hermanos, conciencia de haber dejado atrás la crisis brutal de 2001. ¿Guillermo Moreno pagaba los choris? ¿Dónde estaba la tristeza argentina de saberse alejada del mundo? ¿Cuántos crímenes y asaltos violentos se sufrieron en el microcentro en estos días? ¿Hubo algún periodista patoteado?

La gente, al salir a la calle, alteró todo el libreto prefabricado de esos círculos opositores. Los dejó en ridículo. La Argentina que pintan no existe y la que ocultan goza de buena salud.

Alguien escribió una columna política diciendo que no había nada que festejar “por nuestros presos políticos en este Bicentenario”. Firmaba Ricardo Bussi, hijo del condenado general. Los genocidas estaban amargados, a contramano de multitudes de buen talante.

Un par de preguntas para la presidenta, sin opacar el brillo del Bicentenario. ¿No sintió la necesidad de reestatizar el petróleo al ver el escudo de YPF en las imágenes del Cabildo? ¿No pensó que el acero debe ser argentino y no de Techint-Acindar, al pasar por el palco las estructuras metálicas de donde pendían los artistas? ¿No habrá que volver el Subte a la órbita estatal en vez de pagar más subsidios a Roggio y los privados?

columnistas@cbanoticias.net

Bicentenario: multitudes y comunicaciones

Por Daniel Rosso en Miradas al Sur.30-05-2010
Jefe de Gabinete de Asesores de la Secretaría de Medios de la Nación.


Las multitudes, como el mar, lo abarcan todo. Las cámaras televisivas, acostumbradas a los desplazamientos displicentes entre dos rostros famosos, se encontraron repentinamente con la exigencia de retratar un fenómeno sin rostro. O con millones de rostros. Lejos del fácil primer plano de los cuerpos quirúrgicos aquí aparecía el desafío de retratar la multitud. La necesidad de una combinación virtuosa de planos largos y primeros planos repetidos al azar entre millones posibles. Entonces, junto al enigma no siempre resuelto de porqué el pueblo se reúne, nació un segundo enigma: la multitud presente estaba contenta, serena, festiva, feliz. Es que los discursos descriptivos de los grandes medios sobre el pueblo subsisten hasta que éste aparece y dice por sí mismo quién es, cómo esta, cuál es su estado de ánimo. En las democracias delegativas, el pueblo delega las decisiones del Estado en los dirigentes y se retira a su vida privada. En lugar de multitudes hay una diáspora infinita de individuos replegados. Fue el diseño de la esfera pública en los ’90. Pero la delegación fue doble: porque también fue delegada la producción del mundo simbólico en los grandes medios. Esta es la doble delegación sobre la que ha funcionado la democracia en la Argentina hasta la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación. Delegación política. Pero también delegación simbólica. Los grandes medios como lugares de pensamiento y de producción simbólica en sustitución del pensamiento ciudadano. Se sabe: las multitudes tienen una potencia en el uso de las palabras que no tienen los individuos en soledad. Esta multitud ha utilizado el Bicentenario para decir, serena y reflexivamente, que ya no hay delegación simbólica en la Argentina. La definición del ciudadano, la definición dominante de su estado de ánimo, por parte de los grandes medios, no coincide con lo que estos ciudadanos reunidos en multitud nos han dicho de ellos mismos. Pero también parecen decir otra cosa: parecen dejarnos una afirmación sobre la eficacia de los componentes culturales y artísticas como mediación entre el discurso del Estado y la ciudadanía argentina. La percepción equívoca de un pueblo replegado y crispado se quebró junto a la aparición de un modo activo de contar la historia desde un lugar sofisticado y repleto de innovaciones enunciativas. Junto a la inmediatez necesaria de la palabra plena –el discurso de la guerra– parece emerger un espacio para una segunda palabra pública (más diversa, más indirecta y más sensible) –el discurso de la victoria–. Las multitudes, como el mar, lo abarcan todo. Lo piensan todo y lo dicen todo. Quizás, en este Bicentenario multitudinario, nos hablaron simultáneamente del presente y del futuro. De las formas comunicacionales de las batallas y de las formas comunicacionales del triunfo. Siempre simultáneas. Ahora complementarias.

sábado, 5 de junio de 2010

Los que estuvimos

Tratamos de reflejar con comentarios cortos impresiones que recogimos todos los que allí estuvimos. Tu aporte es bienvenido y fotos son bienvenidos. Hacé click aquí o en la imagen.

jueves, 3 de junio de 2010

Los ecos de una fiesta popular

Por Rubén Dri *
Una pueblada diferente


Del 22 al 25 de mayo el centro de Buenos Aires fue una marea incontenible de pueblo haciendo estallar sus ganas irrefrenables de festejar, produciendo, de esa manera, una de las grandes “puebladas” que desde mediados del siglo pasado vienen jalonando la historia nacional. Pero se trata de una pueblada “diferente” y si bien cada pueblada tiene su sello particular y es diferente a las otras, ésta lo es de manera especial. En primer lugar, debemos preguntarnos sobre la categoría “pueblo”. Parece que se trata de una categoría borrosa, propia de analfabetos tercermundistas que no entienden que la sociedad está dividida en clases sociales y, de esa manera, mezclan las clases y de un abigarrado de ellas hacen una especie de sujeto denominado “pueblo”. De hecho, diversas agrupaciones políticas que pretenden orientarse con un programa “progresista” se dicen pertenecientes al “centroizquierda”.

Una mirada general a la conformación de las sociedades por el capitalismo en el Primer y en el Tercer Mundo nos hará comprender lo que abarca la categoría “pueblo”. En el Primer Mundo, en su epicentro, allí donde tiene sus raíces, el capitalismo produce una diferenciación clara de clases sociales que se expresan a nivel político, en sus correspondientes partidos. Diferente es su comportamiento en el Tercer Mundo, donde el capitalismo es introducido desde fuera. Aquí las clases se presentan con contornos borrosos, difícilmente articulables en partidos clasistas. La dominación configurada como “oligarquía” se ejerce sobre un conglomerado donde figuran trabajadores ocupados y desocupados, campesinos, villeros, cuentapropistas, empleadas domésticas, trabajadores temporarios, pueblos originarios, comunidades de diverso tipo. Todos estos sectores que sufren las consecuencias de la dominación tienden a conformar el “pueblo”. “Tienden”, porque no necesariamente lo conforman, porque ser pueblo significa ser sujeto-pueblo. Nadie es sujeto sino que se hace sujeto, se crea como sujeto. Esto vale para el sujeto individual y el colectivo, cualquier sujeto colectivo sólo es tal en la medida en que decide serlo. Devenir sujeto, hacerse sujeto, es un proceso continuo, dialéctico. En la medida en que el sujeto deja de hacerse, de ponerse, es llevado por delante, es reducido a objeto manipulable. Las “puebladas” son los momentos en que el pueblo decide dejar de ser objeto, dejar de deslizarse hacia la objetualización y revertir la marcha. Son momentos de refundación.

La historia de nuestro país vista desde abajo es la historia de sus puebladas. Desde mediados del siglo pasado hasta el Bicentenario podemos distinguir cuatro grandes puebladas desde las que el pueblo se rehizo y comenzó una nueva etapa histórica. La primera es la del 17 de octubre de 1945 con que se construye la “nueva Argentina” de pleno empleo, violentamente reprimida en 1955. La segunda tiene lugar en Córdoba, el 29 de mayo de 1969, que inaugura una nueva etapa que triunfa en 1973 y sólo es vencida mediante un verdadero genocidio. Fueron dos puebladas en las que el sujeto-pueblo no sólo ocupaba el espacio público sino que lo hacía con un proyecto, organizaciones y liderazgos capaces de llevarlo a cabo. Diferente es la pueblada que se produce el 19-20 de diciembre de 2001, porque esta vez como en las anteriores se rechazaba un modelo de país, pero no se tenía un proyecto alternativo, no había organizaciones ni liderazgos capaces de encaminar la fuerza popular hacia una construcción positiva. A partir de 2003 con la emergencia de un liderazgo que aparece en forma no prevista, por la ventana, diríamos, comienzan a cristalizar realizaciones que responden a lo que la pueblada había reclamado sin lograr realizar propuestas concretas. Todo el trabajo que habían realizado los movimientos sociales y de derechos humanos, los gremios en los ’90 van dando los frutos esperados.

Llegamos así al 2010, año del Bicentenario, cuando se produce una pueblada completamente distinta. Es la primera en la que no se reclama nada sino que sólo se festeja. Son cuatro días en que un río de pueblo nunca visto inunda el centro de Buenos Aires, festejando, a pesar de la infernal propaganda de la absoluta mayoría de los medios de comunicación en el sentido de que todo está mal y, en consecuencia, de acuerdo en esto con algunos grupos de izquierda, no hay nada que festejar. Un pueblo que, convocado o invitado por el Gobierno, sale a festejar de esa manera, lo hace políticamente. Da risa la torcida interpretación de voceros opositores que interpretan que el pueblo festejando dio un mensaje contrario al Gobierno, diciéndole que no está de acuerdo con su “crispación”. El pueblo bailó, cantó, saltó, dijo a los gritos que está contento, lo que no quiere decir que no tenga críticas o que no hay nada más que hacer. Puede verse la pueblada bicentenaria como la negación de la negación de la pueblada del 19-20 de diciembre del 2001. Esta expresó la utopía en negativo, ¡que se vayan todos! No se trataba en realidad de los individuos que ocupaban los puestos políticos, aunque necesariamente éstos se viesen involucrados, sino de la política neoliberal que había producido el desastre nacional. Ese mismo pueblo, que entonces no encontraba el camino de la recuperación, ahora celebra su encuentro. Si antes reclamó, luchó y fue atrozmente reprimido, dejando treinta compañeros asesinados, ahora celebra por el camino reencontrado, camino que hay que transitar y en muchos aspectos corregir. La lucha seguirá siendo ardua, pero ello no le impedirá festejar.

Nuestra historia siempre estuvo atravesada por dos proyectos antagónicos, uno incluyente y otro excluyente; uno que se mira a sí mismo y este sí mismo es no sólo la patria chica, sino la patria grande latinoamericana, y otro que mira hacia fuera desde la patria chica; uno industrialista y el otro agroexportador. Esos dos proyectos se han mostrado en la pueblada del Bicentenario. Nadie programó que la Presidenta no concurriese al Colón, ni que se realizasen dos Tedéum. La bifurcación se dio por la lógica misma del movimiento. Fue la manifestación de la vigencia de los dos proyectos antagónicos que una determinada “oposición” pretende ocultar con la hipocresía del “consenso”. ¿Acaso la “oposición” expresada por los grandes medios podía festejar, cuando se cansó de repetir que todo está mal, que la inseguridad se ha instalado entre nosotros, que el miedo reina en todas partes?

Lo que bajo la invocación al consenso y a la calidad institucional se quiere ocultar, el pueblo lo ha desocultado, y lo ha hecho de una manera inédita, festiva. Ningún accidente cuando una marea de millones de seres humanos se mueven, se encuentran, celebran, cantan y bailan, es no sólo una maravilla, sino un auténtico milagro que sólo un pueblo feliz puede hacer real.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

ADN wichi y diaguita en nuestras Patria-voladoras

Informe: Graciela Pérez.
politica@miradasalsur.com


Así como desde hace un tiempo existe una Mafalda a tamaño natural sentada en un banco de plaza de San Telmo, del mismo modo en el stand de la provincia de Tucumán instalado para el Bicentenario alguien tuvo la buena idea de instalar una Mercedes Sosa emponchada y con bombo. De las quichicientas mil fotos que se tomaron a lo largo de los días de festejo, muchos eligieron posar junto a la Negra para llevársela como parte del recuerdo de un todo inabarcable. O quizá no tan inabarcable: Mercedes Sosa fue una partecita de una construcción discursiva anclada en viejas y nuevas identidades, en lo nacional, en lo prenacional, en lo latinoamericano. Exactamente en la misma sintonía, Ivana Carrizo y Josefina Torino, ambas con “ADN originario” en sus venas, se hicieron célebres por un tiempo no sólo por su desempeño acrobático como “Patrias voladoras”, sino por el modo en que representaron una argentinidad posible.
¿A qué se debió semejante estallido cultural? ¿Dónde estuvo escondido? Marcelo Simón, veterano referente en la defensa de nuestros géneros populares, cita “encuestas de Gallup y de la Secretaría de Medios que demuestran que el consumo de folklore es diez veces superior al de reggaeton y el rock. La música folklórica ha sido de gran consumo en la Argentina, pero se ha intentado ocultar lo popular. Es un tema de subdesarrollo cultural. La 98.7 es la radio más escuchada. Más que las AM y FM Rock, según una encuesta de Ibope”. El conductor radial remite a “un libro de Pierre Kalfón, Argentine, que afirma que el argentino es quien más se preocupa por saber quién es. En Francia no hay tanta discusión sobre quiénes son. La búsqueda de la identidad es equívoca. Aquí no hay divisiones, pero hay mil países. Por ejemplo, en Humahuaca la música que más suena es la cumbia”.
Hablando de Mercedes Sosa, Simón recuerda cómo fue aquel episodio en el que la letra final del Himno fue cambiada en dirección a “oh juremos con gloria vivir”.
–Yo le pedí a Mercedes Sosa grabar el Himno Nacional y ella me pidió, entonces, pasarlo por cadena nacional. Pero acá son tan boludos... El Comfer dijo que tenía que ir la fanfarria Alto Perú. Decidí transgredir la burocracia y lo pasé en mi programa. La Negra era muy inteligente y hubiese vivido el Bicentenario con mucha alegría y emoción. En cuanto al cambio del final, hay que entender que el Himno se escribió en 1811, en medio de la Guerra de la Independencia, en un contexto de lucha, de matar al otro. Los tiempos son otros y, por eso, la Negra le cambió al Himno la última estrofa por ‘Oh juremos con gloria vivir’. Fue una exaltación a la vida”.
Exaltadas con la vida están en estos días Ivanna Carrizo y Josefina Torino, nuestras Patrias voladoras. Ivanna, integrante del ballet Nehuen, cuenta que “La idea era elegir a una persona popular, de barrio. Yo soy descendiente de diaguitas, de la zona Alto de las Cumbres, en Catamarca. Por suerte, pude viajar a la zona y conocer la manera de vivir de mis antepasados. El personaje tenía que tener rasgos mestizos”.
Josefina dispara con uno de los panoramas que vio al volar: “Chávez me tiró un beso, Evo bailó con la gente, improvisaba, bailaba, hablaba…”. Cuenta que estudió en la Escuela de Arte, “pero jamás me había colgado de un andamio. Fue súper mágico. Dicki (James) se jugó por mí. Fue impresionante pasar por el palco y ver a las personas más influyentes de Latinoamérica boquiabiertas y espontáneas. Noté alegría en el palco y en el pueblo”. Su colega, compañera y partenaire de vuelo, coincide: “Yo estuve sobre la Avenida 9 de Julio y la vista desde arriba era increíble. Había caras de asombro y placer. Podía ver la mirada tierna de los chicos. La cantidad de gente era increíble. Gritaban y les preguntaba a mis viejos si era su hija. Fue un orgullo ver a mi mamá y mi papá entre la gente”.
En la charla ambas retroceden en el tiempo a momentos más espinosos, la falta de reconocimiento de los derechos ancestrales de los pueblos ancestrales, los problemas de la discriminación. Y de pronto saltan a cómo fueron llamadas. Josefina lo resume así: “La convocatoria abierta decía que se buscaba personas con rasgos indígenas. A los 10 minutos de haber pasado el mail me llamaron y me preguntaron sobre mis orígenes. Mi tatarabuelo era wichi”.
Nuestras bailarinas-Patria-volantes concluyen: “La gente no sabía qué iba a ver. Pero las representaciones de las Madres, los combatientes de Malvinas, el impulso de la industria nacional conmovieron a muchos que se sintieron representados. Creo que tocó el corazón. Millones se sintieron convocados y con ganas de participar. Lo genial de la planificación fue la idea de hacer partícipe al pueblo. Interactuar, que podamos darnos la mano, tocarnos y sentirnos unidos. El arte es transformador de conciencias”.

Días de mayo

Por: Eduardo Blaustein
eblaustein@miradasalsur.com


Las copleras norteñas subidas al camión, dándole a la caja y a su canto dolido y quebrado, en ese escenario futurista de masas amuchadas, en una Buenos Aires neoyorquizada, eléctrica, de múltiples pantallas reverberando, más el inmenso fondo combado de la publicidad de Coca Cola sobre el que se recortaban mínimas figuras humanas aupadas en un andamio. La emoción de la gente abajo, multiplicada en todas partes. Las copleras estrujando corazones, en una inversión cultural fantástica: ellas, algunas ya viejitas, tomando a Buenos Aires por asalto, en el centro mismo de las cosas, remotamente lejos de un mero gesto pintoresquista, políticamente correcto.
La imagen de las Madres congeladas de pronto. Ofreciendo su dolor y sus manos vacías bajo los truenos. Los soldados de Malvinas cayendo con sus cruces bajo la llovizna del Atlántico Sur. Los revoleos de la Sole, los gritos del Chaqueño Palavecino, el himnazo futbolero en el cierre de Fito. Las napias contra el vidrio de los que seguían todo desde lo alto del Burger King de Carlos Pellegrini. El afán por tomar fotos, fotos y más fotos del detalle más inocente. No digas whisky, decían algunos, decí Cris. Miles de cochecitos de bebé en mil distintos puntos del estallido de masas, circulando entre cortesías. Desfiles de soldaditos estilo viejos tiempos, con su parte entrañable, su antiguo y nuevo significado. En el orden de largada del último desfile, los granaderos marchando, sí, pero después de los pueblos originarios. El Siam Di Tella de la prosperidad integradora, los buscas ingeniosos y felices haciendo su agosto, vendiendo lo que fuera, todos los que se habían ido ese fin de semana largo a gastar lejos del Bicentenario, ese otro movimiento migratorio del que nos habíamos olvidado. El chiste sonriente que hicimos en masa: guau, qué perturbadora crispación, qué tremenda violencia asuela a la Argentina, cuanta catástrofe, pesimismo, qué tremendos temores nos paralizan.

Desde otro lugar. De las literales miles de imágenes posibles que quedarán del festejo del Bicentenenario elijo por un rato a las copleras subidas a los camiones, más los ovarios que tuvieron para cantar para las masas urbanas en semejante circunstancia de excepcionalidad histórica. Me quedo con ellas para hablar de un Bicentenario construido y celebrado no como rutina, no desde gestos cansinos, no desde el patrioterismo. Fue desde otro lugar: un Bicentenario de valores populares, de construcción y hasta de imposición -mil perdones La Nación por semejante exabrupto- de un relato jugado de nuestra historia proyectado a un modo de construcción colectiva opuesto al imaginario de los tristes páramos de los que venimos.
Sintetizado en el disfrute del último día: Fuerza Bruta pudo hacer un mero alarde de destrezas tecno espectacularizantes a lo largo de sus 19 cuadros. Pero no. Junto al asombro por el uso imaginativo de lo tecno hubo sensibilidad, apelación a la identidad, un tipo de teatralidad a la vez vanguardista, precisa y sensible. Así como hubo también altísima calidad en la comunicación política de los spots televisivos previos -incluyendo el "Fuimos capaces/ Somos capaces"- y en los mensajes de las pantallas distribuidas a lo largo de la 9 de julio.
Al día siguiente no fue tanto la política como la comunicación corporativa, chiquita, mezquina, la que salió a la defensiva. Quedó claro en el primer Clarín, en la evidentísma bajada de línea al interior de la empresa. De Julio Blanck a Eduardo Van der Kooy, pasando por estaciones intermedias, todos opusieron “la gente” al Gobierno. Cuidate, Gobierno, de albergar fantasías, de pretender obtener réditos de esta lección que “la gente” acaba de propinarte. Marcelo Bonelli retomó la tesis a las diez de la noche con su habitual tosquedad en el uso de la lengua castellana.
Esa reacción con mucho de miserable vino de los medios corporativos antes que de los políticos opositores, cuyo peor y ancho pecado viene siendo el de la debilidad, la inconsistencia, otras veces el simple conservadurismo y el consecuente seguidismo de una agenda mediática de efectos sociales tóxicos. Lo gracioso fue que el Gobierno -contrariamente a lo que algunos temimos, que saliera lejos del arco para apropiarse del mayor fenómeno de masas de la historia argentina- tuvo las suficientes dosis de astucia y discreción para no decir qué grande lo nuestro. No fue el que puso en marcha el porotómetro, la falsa discusión acerca de quién se lleva laureles, si “la gente” o la política. Claro que la gente se apropió de la convocatoria. Y eso fue nada más ni nada menos que la esencia de la emocionalidad y del éxito de lo sucedido. Y eso fue maravilloso. Porque esa apropiación no caminó en sentido contrario al de la iniciativa oficial, a sus modos y valores, esa apropiación hizo al núcleo de las cosas, fue enriquecedora.
Va de nuevo: pudo ser un acto chiquito, tristón, cansino, vacío, soso, mecánico, pobre. De hecho nadie lo pidió, nadie creyó seriamente que fuera a renacer nada, nadie -comenzando por quien escribe- imaginó cómo iba a terminar todo. Pudieron ser sólo desfiles militares y aviones caza surcando los cielos. Pudieron ser siete gauchos payando y media asociación tradicionalista. Pudieron ser sólo recitales con artistas progres de una lista previsible. Pudo ser la puesta de Macri en el Colón: esa cosa de privatizar un teatro que es de todos para encerrar -como quien salva a los ricos del Titanic- a ese amasijo, antes ordinario que glamoroso, de frívolos, famosos, derechosos y modelos.
No, no fue de ese modo. Por una vez fue para la famosa “gente”, para todos. Con esos viejos aires de visitar la Rural o la Feria del Libro. De familias gasoleras que se van de pesca a Chascomús. O que vacacionan en Mar del Tuyú. Gente de casas cuadradas hechas por tanos en los barrios, antes que de departamentos. Gente que a las tres de la mañana no tenía ni puta idea de para dónde queda Constitución o la estación de Once. Gente cuya infancia transcurrió al grito de Febo asoma. Gente blanca entreverada con morochaje abundantísimo y alegre. Gente rockera con gente chalchalera. Gente venida de pequeñas ciudades del interior. Gente que no necesariamente aplaudía el cuadro de las Madres propuesto por Fuerza Bruta, como si no pudiera traspasar alguna barrera emocional o de piel. Pero sí interponía entre las Madres y sus cuerpos el celular para llevarse la foto; y en todo caso después ver. Gente callada, a veces perpleja, siempre pensante y “sintiente”, que en un clima vinculado con lo reverencial y lo comunitario no ensayó un solo silbido la última noche, cuando en las pantallas del obelisco circularon durante largos minutos las imágenes de Cristina y Néstor Kirchner con los presidentes de la región. Y miren que había clase media urbana a lo pavote.

Y dale que va. Por enésima vez desde la derrota electoral, el tiempo kirchnerista, que es algo sutil y poderosamente distinto al gobierno kirchnerista, impuso iniciativa, impuso discurso, impuso mirada, impuso alternativas posibles en una disputa cultural que viene de lejos.
Y quedan las instantáneas de Cristina. Lo que significa comunicacional y sensiblemente para el común de los mortales verla quebrándose largamente en un discurso, a golpe de emoción y de alegría. Bailando sueltita al compás de las murgas, hasta payaseando entre presidentes. Imágenes que valen oro en términos de comunicación política, que complementan a la Mina Racional 10, al cuadro intelectual, a la alumna estudiosa y aplicada que por eso mismo los otros (y sobre todo las otras) miran mal, la Cristina de la vieja JUP que, con el fruncido ceño militante, tiene que abrirse paso entre compañeros machistas y enemigos implacables.
Y habrá que festejar que María Laura Santillán celebre en Telenoche. Su celebración es parte de un éxito colectivo: El Trece obligado a negociar línea, aún invisibilizando el mérito estatal (Hago una pausa en la escritura: a las 16 y pico del jueves TN promete seguir emitiendo imágenes de los festejos. Una suerte de editorial leída en off sobre esas imágenes certifica que no era cierto que no se puede salir a la calle. Y esto sigue y sigue).
Lo dijo muy bien el semiólogo Raúl Barreiros en Página/12: “Hay una condición necesaria a la función de los medios, que es la ausencia”. Gran lección del Bicentenario: sin necesidad de santificarnos como sociedad, para demostrar que entre nosotros no reina puramente el espanto a veces alcanza con que dejen de exacerbar nuestros conflictos, dejen de acicatear nuestra desconfianza en los otros y en la política. La convocatoria de los días de mayo demostró que, si se abren espacios y mediaciones generosas y serenas, si dejamos de ser ausencia, somos capaces no sólo de ser capaces, sino, como pidió el Pepe Mugica, de querernos más.

El carácter popular de la Revolución de Mayo

Por: Hugo Chumbita. Periodista
contacto@miradasalsur.com


En vísperas de los festejos del Bicentenario de 1810, un interesante cruce polémico entre José Pablo Feinmann (Página/12, 18/4/2010) y Norberto Galasso (Miradas al Sur, 9/5/2010) viene a replantear algunas cuestiones cruciales en torno del significado de lo que nuestro país se apresta a celebrar. ¿De qué revolución estamos hablando?

Según plantea Feinmann, ¿fue una operación financiada por los ingleses para arrebatarle a España el mercado de estas colonias? ¿La Primera Junta no era un gobierno popular? ¿Fue sólo una revolución política, que no transformó la sociedad, y cuyo único objetivo era la libertad de formar parte del desarrollo del capitalismo occidental? Galasso refuta algunas afirmaciones de Feinmann y, si bien concuerda en la carencia de una burguesía nacional revolucionaria que fuera capaz de unir las repúblicas hispanoamericanas, señala el carácter popular del movimiento que expresaba Mariano Moreno, y el rol de Bernardo Monteagudo y José de San Martín como continuadores de ese proyecto.
Si la provocación de Feinmann tiene el mérito de poner el dedo en la llaga de este espinoso asunto, la réplica de Galasso coloca cosas en su lugar. Pero creo que hay algunos datos que es oportuno agregar al respecto.
La revolución invocaba “la soberanía del pueblo”, aunque el concepto se podía entender entonces de maneras diferentes. En realidad, la cuestión de fondo era quiénes integraban aquel pueblo soberano. El Cabildo colonial era una institución aristocrática, e incluso el Cabildo Abierto del 22 de mayo estuvo circunscripto a la “gente decente”. Y se dejó la formación de la Junta a criterio de los cabildantes, pero cuando pretendieron colocar de presidente al virrey Baltasar Cisneros, fueron la decisión de los conspiradores patriotas y la movilización de las milicias y de los agitadores populares las que impusieron el nuevo gobierno.
Aquellas milicias, templadas en la resistencia a las invasiones inglesas, eran el fermento de un pueblo en armas, que incluso elegía a sus jefes. De esas filas surgieron los criollos patricios Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano. Pero atención: por iniciativa de Moreno, entonces secretario de Guerra y Gobierno, en los primeros días de junio se resolvió que los oficiales y tropa de indios, hasta entonces agregados al “cuerpo de castas de pardos y morenos”, debían sumarse a los regimientos de criollos, “alternando con los demás sin diferencia alguna y con igual opción a ascensos”. Asimismo, en las instrucciones al Ejército que marchó hacia el Alto Perú, se le encomendaba expresamente “conquistar la voluntad de los indios”. El Plan de Operaciones de la Junta redactado por Moreno instaba a dictar “un Reglamento de Igualdad y Libertad entre las castas” y liberar a los esclavos incorporándolos a la milicia (artículo 1º, puntos 18 y 19). También previó convocar a José Artigas y sus gauchos ¿tal como se hizo? para insurreccionar la campaña oriental contra el bastión realista de Montevideo (artículo 2º).
O sea que, a falta de una burguesía revolucionaria, los patriotas del grupo morenista contaban con las masas populares criollas, las “castas” y los indios para hacer la revolución. Era sin duda una forma de ensanchar la categoría de pueblo. En cuanto a los alcances de la transformación, el citado Plan trazaba una política de cambios fundamentales, con una economía dirigida por el Estado.
Y sobre la necesaria independencia de los poderes externos, los patriotas jacobinos no se engañaban, y no dejaron de instruir al público en su órgano periodístico, con advertencias como la siguiente: “Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos; y no deben fiar sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en hora buena, aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenas; pero miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios” (Gaceta de Buenos Aires, 20/9/1810).
La lucha continental por la independencia no se podía hacer sin el concurso de todo el pueblo. Contra los manejos de Bernardino Rivadavia y Manuel de Sarratea que frenaban la revolución, San Martín y Monteagudo organizaron en Buenos Aires el golpe y la pueblada de octubre de 1812, que renovó el Triunvirato para impulsar la guerra de la emancipación. San Martín formó luego el Ejército de los Andes reclutando a los paisanos, los gauchos y los negros de Cuyo, y emprendió su campaña de liberación americanista con el apoyo de las tribus de la cordillera. El aporte del almirante chileno Thomas Alexander Co­chrane fue demasiado oneroso como para considerarlo ayuda, lo mismo que los préstamos británicos a las nuevas repúblicas que vinieron después.
Es cierto que las repúblicas sudamericanas cayeron luego en la órbita del mercado mundial hegemonizado por Inglaterra, y que nuestro país fue regido durante más de medio siglo por una oligarquía que traicionó los objetivos de la independencia. Pero ese desenlace, que requirió antes aplastar en crueles guerras civiles la resistencia de los federales del interior no debería nublar la comprensión del carácter popular de la revolución emancipadora. Como todas las revoluciones, tuvo sus entregadores y sus renegados, pero contribuyó a poner en pie a las masas secularmente aplastadas bajo el sistema colonial, y fue liderada por verdaderos patriotas que sembraron su ejemplo de conducta revolucionaria, e iniciaron un camino, a pesar de todo, irreversible. En este año del Bicentenario, confiemos en que el océano de la modernidad capitalista no podrá apagar el brillo de aquellos fuegos.

* Historiador, doctor en Derecho, docente e investigador de Derecho Público, Historia Argentina e Historia Política

martes, 1 de junio de 2010

Historia de dos ciudades

30-05-2010 / Los días y las noches en que murió el discurso de la crispación.
Por Walter Goobar
wgoobar@miradasalsur.com


Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.”
Así comienza Historia de dos ciudades, la magistral novela de Charles Dickens escrita en 1859 pero furiosamente vigente 151 años después. La historia que transcurre en Londres y París antes y durante la Revolución Francesa, brotó de algún oscuro lugar de la memoria a propósito de los dos festejos del Bicentenario: el del Colón, donde un selecto grupo de exponentes de la tilinguería argentina vistió sus mejores galas por el simple privilegio de pisar la misma alfombra roja, y el del Obelisco, donde leudó una épica gesta protagonizada por dos millones de personas que durante cinco días se apropiaron de los espacios públicos y convirtieron en miniatura la supuesta avenida más ancha del mundo.
Familias de los barrios acomodados y de las villas de la Capital, hombres y mujeres que peregrinaron desde olvidados suburbios bonaerenses y de un racimo de provincias, bandadas de pacíficos adolescentes atraídos por el rock y el stand de las Madres de Plaza de Mayo, padres y madres con hijos de todas las edades dieron una inolvidable lección de igualdad, libertad y y fraternidad que decapitó el torturador relato de los medios hegemónicos.
Los eventos del Colón y de la 9 de Julio encarnan dos modelos de Ciudad que conviven en esta enorme y esquizofrénica metrópolis que recuerda y olvida según su bipolar estado de ánimo, porque en ella conviven los famosos y los olvidados, los torturadores y las víctimas, los laburantes y los ñoquis perpetuos, los corruptos y los punguistas, el rock, el tango y la cumbia villera.
Dickens era un mago en tejer e hilvanar realidades visibles e invisibles, grandes y chicas, soñadas y vividas, pero, ¿cómo retrataría ese cronista a los habitantes de estas dos ciudades que nunca estuvieron tan lejos y tan cerca como en estos días?
¿Cómo capturaría ese novelista la Ciudad de Macri y la de Cristina? Dickens tuvo la suerte de estar presente en la creación del mundo contemporáneo, de la sociedad industrial, que hoy está desplomándose. Basta mirar a España, a Grecia, a Estados Unidos, por eso vale la pena preguntarse cómo haría ese novelista –con un pasado como cronista parlamentario–, para radiografiar las ciudades que conviven en Buenos Aires sin que algunos cronistas del presente lo acusen de hacer campaña sucia?

Rabia y Lysoform. Este miércoles, para acceder a la columna de Joaquín Morales Solá en la edición digital de La Nación, había que trasponer primero un aviso del desinfectante Lysoform que según reza la publicidad “mata el 99 por ciento de virus y bacterias”. Parecía una ironía del destino. Sin embargo, el eficaz desinfectante no pudo prevenir el brote de rabia que la masiva y fraternal celebración callejera del Bicentenario descerrajó en el columnista del matutino de los Mitre y que se extendió como una peste maligna a sus colegas de Clarín y Perfil. Bajo el título “Esa obsesión por dividir y fracturar”, Joaquín Morales Solá disparó todos sus fuegos de artificio con un generoso despliegue de “grietas”, “crispaciones” y “fracturas”.
Más temeroso que si hubiese estado suspendido a 17 metros de altura, colgando de una de las grúas de Fuerza Bruta, Morales Solá cree encarnar la República cuando –a vuelo de pájaro–, pontifica sobre “las dos Argentinas que se movían aquí y allá, por todos lados. Populares artistas, aunque mayoritariamente de un color ideológico determinado, actuaron bajo la organización de los actos del Gobierno Nacional. Otros artistas, menos ideologizados, trabajaron o presenciaron el espectáculo del Colón. Hubo multitudes en los dos lados. Ni una multitud era kirchnerista ni la otra era macrista”.
Por momentos, se podría sospechar que una sobredosis de Lysoform alteró las percepciones del afiebrado columnista que sentencia: “Dividió la historia y fracturó el presente para convocar a la unidad nacional a partir de la experiencia de ellos mismos. Esa contradicción rupturista y egocéntrica de Cristina Kirchner chocó ayer, sobre todo, con una sociedad que se encontró con una razón de la existencia nacional y que se volcó masivamente a las calles”.
En la puntillosa columna publicada en Clarín, Eduardo Van Der Kooy repasa presencias y ausencias oficiales y opositoras en todos y cada uno de los actos realizados a puertas cerradas para ensayar un curioso ejercicio de alquimia electoral, pero omite en su análisis sacar conclusiones de la movilización de dos millones de personas que ni siquiera fue principal título de tapa del “Gran Diario” argentino.
Por supuesto que los cuestionamientos del multimedios convergen en la ausencia de CFK en el Colón. Más allá de los motivos formales o protocolares que la tienen sin cuidado, nadie argumenta por qué la Presidenta debería haber conferido legitimidad al frívolo y desafinado concierto de los crispados, en lugar de contonearse al ritmo de la maravillosa música de las multitudes.
Recién el jueves 27, el aletargado editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum, se anotició de que “la multitud que se reunió en el Paseo del Bicentenario fue la más grande de la historia argentina”. En una sobreactuación destinada a disimular lo que el diario y el multimedios se habían negado a ver y aceptar durante seis días, Kirschbaum reconoce que “los argentinos que fueron a la avenida 9 de Julio superaron, también, a aquellos que fueron a saludar a Alfonsín el día de su asunción o los que escucharon desangelados las Felices Pascuas de 1987”. Así, la plana mayor del multimedios que se había atrincherado en el Teatro Colón, se recuperó del síndrome de la alfombra roja. A nadie le caben dudas que todo el festejo tuvo la impronta de Cristina Fernández de Kirchner. Con la ayuda de Fuerza Bruta, CFK reescribió y resignificó parte de la Historia nacional dotándola de nuevos contenidos y de una nueva estética profundamente federal, argentina y latinoamericana.

Un nuevo relato épico. Cristina demostró un especial entendimiento de lo popular sin caer en el populismo, del patriotismo sin patrioterismo. Se trata de la construcción de un nuevo relato épico que no necesita batir cacerolas, ni el redoble de los bombos ni la iconografía clásica de agrupaciones políticas, pero que permite a la gente apropiarse de manera colectiva de su propia Historia.
Vale la pena preguntarse: ¿Qué otro Presidente hubiese tenido la osadía, la temeridad o el desenfado de confiar a un grupo de teatro alternativo y desconocido para las grandes multitudes, uno de los eventos clave del festejo del siglo?
Sólo la imaginación de Charles Dickens podría concebir cómo hubiese sido esta conmemoración en manos de algunos ex presidentes como Carlos Menem, Fernando de La Rúa o Eduardo Duhalde. En lugar de Fuerza Bruta, la Historia hubiese sido interpretada por las secretarias de Gerardo Sofovich, las tropas del Comando Sur, el grupo Sushi o la maldita policía bonaerense.
Tampoco es necesario hacer demasiada futurología para imaginar cómo hubiese sido la conmemoración del Bicentenario en manos de un chico rico inclinado a las prácticas sucias de la política, a la que juega sin talento y sin escrúpulos, por lo que tarde o temprano tendrá que saldar cuentas con la Justicia.
O cómo hubiese sido el festejo en manos de otros aspirantes al sillón de Rivadavia como un vicepresidente que hace de la traición la regla de oro de la ética política, o de un multimillonario colombiano que sueña con hacerse de las manos de Perón en una subasta clandestina, un corredor de fórmula uno que nunca pone primera, un senador cordobés que trasciende por su humorismo, una diputada chaqueña que sufre de delirios místicos.
“En una palabra” -escribió Dickens hace tan solo 151 años-, “aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en qu e, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

El triunfo de la patria mestiza

Por Demián Verduga en Miradas al Sur
dverduga@miradasalsur.com


30-05-2010 / Eduardo Rinesi, María Pía López, Ezequiel Adamovsky y Analía Del Franco analizan el contenido latinoamericanista de la fiesta por los 200 años de la revolución de mayo


La carroza con la que empezó el desfile del Bicentenario donde estaban representados los pueblos originarios; la migración de los países limítrofes ilustrada con las cholas que bailaban; la inauguración en la Casa Rosada del Salón de los Patriotas Latinoamericanos con retratos de José de San Martín, Lázaro Cárdenas, Juan Perón y Francisco Morazán, entre otros; un grupo de actores que desfilaron con pancartas anarquistas, peronistas, radicales y comunistas; la presencia de seis presidentes sudamericanos en los eventos oficiales. Estos fueron los rasgos más importantes de los festejos del Bicentenario según los intelectuales que hablaron con Miradas al Sur. Se trató, según ellos, de la coronación de una lectura distinta sobre lo que constituye lo argentino que contrastó con el relato de un país blanco y europeo.

El politólogo Eduardo Rinesi, director del Instituto de Desarrollo Humano, sostuvo que la celebración instaló que los 200 años de la Revolución de Mayo no pueden pensarse por fuera de la historia de la región. “Esto fue trascendente. Antes era una mirada que sólo tenía un sector del progresismo y una parte de la academia. La recuperación de la identidad latinoamericana de la Argentina es una victoria cultural”, destacó Rinesi. Los contenidos latinoamericanistas de la celebración no fueron cuestionados por ningún dirigente de la oposición política, lo que confirma la idea de Rinesi sobre el nivel de consenso que tuvieron. En cuanto al modo en que lo recibió la población, el politólogo señaló: “No sabíamos que figuras como Slavador Allende o Augusto Sandino podían conmover a millones de argentinos. No digo que la identificación del público fue inmediata. Algunos se sintieron siempre más cerca de estas figuras que otros. Pero la tranquilidad de los festejos fue una muestra de la aceptación al relato que se planteó sobre la historia argentina”. Según Rinesi, el Gobierno logró plasmar la idea de que estos personajes son parte de un drama histórico que está viviendo uno de sus capítulos en el presente. “El discurso kirchnerista tiene elementos del peronismo clásico, de la JP de los ’70, del democratismo alfonsinista, de reivindicación de los pueblos originarios”, dijo. “Todo eso encontró un espacio de en el relato del festejo y una aceptación de la ciudadanía”, remató el politólogo.

En el desfile se representaron los movimientos sociales y políticos que tuvieron peso en la historia argentina. Pasaron actores sosteniendo pancartas con consignas anarquistas, peronistas, radicales y comunistas. La socióloga María Pía López señaló que esta parte de la celebración fue un reconocimiento a las expresiones políticas que protagonizaron las luchas emancipatorias en otras etapas de la historia. Ezequiel Adamovsky, autor del libro Una historia de la clase media, dijo que los relatos de lo argentino no habían incluido al movimiento feminista que sí estuvo representado en la fiesta del Bicentenario. Por otra parte, el escritor planteó que le parece discutible que el Gobierno forme parte de la misma corriente histórica a la que pertenecieron estos movimientos. “No sé si siempre el kirchnerismo está a la altura del relato que propone”, dijo Adamovsky. Pía López no coincidió con esta afirmación: “Procesos como los que encabezaron Yrigoyen o Perón fueron de una gran democratización de la vida social en comparación con el momento en el que habían llegado al gobierno. Durante el proceso actual pasaron cosas parecidas. Se ampliaron derechos, como la creación de la Asignación Universal por Hijo, las jubilaciones que se dieron a las amas de casa, aumentos salariales o del presupuesto educativo. Se agrega, con este Gobierno, un modo no represivo de abordar la protesta social”, dijo. La socióloga añadió que otro de los motivos que permiten comparar la etapa actual con otros movimientos emancipadores es que se puso en el centro del debate político la cuestión de la igualdad.

¿Hay crispación? A partir del conflicto por la Resolución 125, la palabra crispación se volvió la más usada por la oposición mediática, intelectual y política, que pregona el fundamentalismo anti K. El buen clima de convivencia que transitaron los 6 millones de personas que participaron de los festejos puso en duda hasta qué punto esa palabra describe el clima social. “Es cierto que durante la pelea por las retenciones hubo un ambiente convulsionado. Pero hoy cambió mucho. Sin embargo los medios describen la situación como si todo siguiera igual”, dijo Pía López. Rinesi sostuvo que el discurso mediático se chocó con la realidad en los festejos porque suele atribuirle al oficialismo la crispación y el Gobierno se manejó con una enorme prudencia durante el Bicentenario. “Se mantuvo inteligentemente a un costado. No intentó atribuirse el nivel de convocatoria. La Presidenta fue cuidadosa en sus discursos, con una clara posición de no subrayar diferencias políticas y generar un ambiente de conmemoración universal”, señaló Rinesi. Pía López compartió la visión sobre la mesura con que se manejó el Ejecutivo y agregó que durante los festejos los dirigentes opositores quedaron en una situación muy opaca.
Hubo otro hecho que Rinesi subrayó. Fue el miércoles pasado cuando los diputados Ricardo Alfonsín, Agustín Rossi, Elisa Carrió, Silvia Vázquez y Felipe Solá cruzaron la avenida Callao y se pararon frente al busto que recuerda a Mariano Moreno en la Plaza de los Dos Congresos. Le rendireron homenaje dejando una ofrenda floral. “Hasta Clarín tuvo que remarcar el buen clima entre los dirigentes durante esa conmemoración”, destacó Rinesi.
El ánimo que se vio en la calle, según la socióloga Analía Del Franco, directora de Analogías, tuvo que ver con las expectativas de la población sobre al futuro. “A mí, como a todo el mundo, me sorprendió el nivel de masividad de la convocatoria. Sin embargo me parecería difícil que tanta gente salga a festejar en una situación social de pesimismo o de bronca”, dijo Del Franco. Luego agregó que en las últimas encuestas que realizó con la pregunta: cómo imagina su futuro personal, el 75 por ciento de la consultados contestó que igual de bien o mejor. “Esa es una señal de optimismo”, resaltó la analista.
La necesidad de celebrar la pertenencia nacional, según Adamovsky, tuvo mucho que ver con la masividad del Bicentenario. “A partir de la crisis de 2001 reapareció un fuerte deseo de comunidad nacional ante el trauma de la crisis”, señaló. El escritor sostuvo que esa necesidad fue una reacción a la violencia con que la Argentina vivió su supuesto ingreso al mundo de la globalización.

El arte y las masas. Los intelectuales que hablaron con este medio consideraron que la calidad artística del espectáculo de Fuerza Bruta fue otro de los elementos que pusieron en discusión una idea instalada. Dijeron que se demostró que no es tan cierto que la única oferta cultural que puede ser masiva es un concurso de televisión. “Cabe preguntarse si la población consume esos shows porque es lo que más le gusta o porque es lo único que le ofrecen”, señaló Rinesi. Después agregó que el espectáculo del Bicentenario tuvo un lenguaje de arte audiovisual muy sofisticado. “Millones de personas lo disfrutaron. No me refiero sólo a las que estuvieron en la calle sino también a las que lo vieron por televisión. Indica que lo masivo no necesariamente tiene que ser Tinelli, es muy alentador”. El politólogo señaló que este dato es en sí mismo un hecho político.
Adamovsky acordó con la posibilidad de que propuestas de mejor calidad artística pueden ser multitudinarias. Sobre el discurso que sostiene que lo único masivo puede ser una oferta como Bailando por un sueño dijo: “El argumento de los que hacen televisión y defienden programas basura diciendo que es lo que la gente quiere ver es simplemente una autojustificación”.
Ahora, sobre el final de la nota, el cronista dejará de lado los análisis sobre el Bicentenario y se permitirá un pequeño desliz emotivo: Feliz cumpleaños, patria mía.

Buenos Aires: el Bicentenario en las calles

Norma Giarracca 28/05/2010 |El Independiente Digital
www.elindependiente.com.ar


Los pueblos de América Latina, pero en especial el argentino, tienen vocación de ocupar los espacios públicos. Las plazas, las grandes avenidas, los espacios abiertos se convierten entre nosotros en lugares de encuentros, de protestas, de marchas o de fiestas. Por eso no llama la atención lo ocurrido desde el viernes 21 al martes 25 de mayo en la Ciudad de Buenos Aires.

Fue un hecho social y político digno de reflexión para todos aquellos que queremos entender y mejorar el país.

Los festejos no tuvieron trascendencia previa aunque se sabía que con el alejamiento de José Nun como Secretario de Cultura cambiarían las propuestas de festejo. Es evidente que se terminó optando por una gran fiesta popular con el epicentro en Buenos Aires y con réplicas en cada provincia.

Previo o paralelo al festejo del gobierno nacional, los porteños tuvimos que pasar por la reinauguración del Teatro Colón a cargo de la Ciudad de Buenos Aires; pudimos ver un Teatro colmado de la farándula televisiva y con notables ausencias. La más importante fue la de la de la Presidenta de la Nación pero tampoco asistieron el Presidente Evo Morales que ya estaba en el país ni miles de trabajadores de la cultura que desde el Teatro San Martín o el Cervantes, los Conservatorios de Música, de Plástica, de Danzas, etc. logran acercarnos cotidianamente al arte a nuestras vidas y para quienes el Colón es un símbolo de la música.

Ellos no estaban pero esos lugares fueron ocupados por personajes públicos del showbussines con sus chabacanerías habituales y todo el espectáculo fue criticado por los que se acercaban a las puertas o estaban en sus casas siguiendo la proyección externa sobre la significación del teatro (que, los invitados ignoraron en su afán por mostrarse en “la alfombra roja”). Pero por suerte estaba la fiesta en la Av. 9 de Julio.

A mi juicio, todo estaba organizado para recibir, mostrar, deleitar y crear una situación donde los autores del hecho cultural estaban claramente del lado de los organizadores y arriba de los escenarios. Pero los habitantes de esta ciudad, de las provincias y latinoamericanos que vinieron por estos días, produjeron una transformación que convirtió el festejo en un fenómeno cultural y político.

Lo que deseo significar es que si a estos festejos hubiesen asistido 100, 200, 300 mil “espectadores”, la autoría de la situación hubiese quedado en manos de los organizadores, pero con una concurrencia tan masiva y comprometida, las multitudes de todas las edades y condiciones sociales se convirtieron en co-autores de la situación. Es decir, la situación no hubiese sido la misma sin esta concurrencia masiva.

La apropiación del espacio público, la colaboración en la organización (no hubo incidentes) casi por momentos en una autoorganización y el involucramiento (cantar, bailar, dialogar con los artistas) convirtieron al “público” en co-autor.

El interrogante que cabe hacernos es por qué la propuesta del gobierno nacional tuvo esa respuesta. A mi juicio se conjugaron muchas cosas, primero una excelente oferta cultural: diversa y de alto nivel de calidad. La música fue variada y el desfile del 25 estuvo atravesado por dos criterios importantes: calidad artística y una cosmovisión del pasado y derroteros presentes que la mayoría de los argentinos sintió como parte de su historia y de sus vidas.

Se otorgó una propuesta cultural con la que muchas de las poblaciones urbanas y rurales de este país se sienten identificadas: una Nación que no desea mirarse en los espejos de los pueblos autoritarios sino en una Latinoamérica en la búsqueda de su dignidad; el reconocimiento a quienes lucharon por la igualdad, la libertad, los Derechos Humanos desde Tupac Katari a José Gervacio de Artigas, del Ché a Juan y Evita Perón con sus errores y aciertos pero con ese núcleo tenaz de justicia y libertad (la inauguración de la galería de cuadros en la Casa Rosada); la apuesta a una sociedad que valora los esfuerzos de quienes trabajan honestamente y el rechazo a la especulación corrupta (expresado en el cuadro de personajes colgando y repartiendo papeles sin valor durante las crisis financieras de Fuerza Bruta), fueran propuestas aceptadas y apropiadas por las multitudes. Una filosofía popular, latinoamericanista, progresista atravesó los festejos durante los actos del gobierno nacional y dos millones de personas (6 millones que pasaron) se sintieron identificadas, se emocionaron, lagrimearon y, seguramente, se sintieron argentinos con cierto orgullo y cierta dignidad.


Lo que ocurrirá a partir de ahora nadie lo sabe pues es un proceso abierto. Hubo un acontecimiento cultural que sólo gente de mucha necedad puede no advertirlo. Hay que recordar que junto con la búsqueda de la igualdad, los pueblos piden el respeto por la naturaleza y exigen distancias con las corporaciones económicas que saquean recursos naturales (recordemos el masivo a poyo de la ciudad a Pino Solanas y los reclamos de los pueblos cordilleranos); muchos desprecian a los saqueadores tanto como a los especuladores de los cuadros del desfile. Por eso hay que interpelar al gobierno nacional para que otorgue continuidad a la cosmovisión desplegada estos días y exigirle que vaya concretando una construcción social, económica y política en esa dirección. Construcción conciente de nuestros territorios que, junto con las culturas, son los dos pilares fundamentales de nuestra identidad nacional.

Socióloga. Profesora e Investigadora, Instituto Gino Germani, UBA.

Civilizados y bárbaros

Por Sandra RussoSábado, 29 de mayo de 2010

Era previsible, aunque aun así parecía descabellado: a la magnífica fiesta del Bicentenario iba a seguirle el revival de una de las falsas opciones no saldadas de la argentinidad. Era previsible quizá precisamente por lo descabellado, porque la reacción es así, siempre fue así, salvaje, demente en su capricho de etiquetarse superior a los otros. Pero aun así, no deja de azorar el incipiente replanteo del binomio civilización o barbarie. Esa es la estructura, el mito que late bajo las impresiones de algunos analistas de derecha. Es que es un mito fundante de la derecha argentina. La opción entre civilización y barbarie tiene un solo emisor, puesta en términos de la comunicación, y es después de todo una vigorosa comunicación histórica. Quien emite, en su origen y luego a lo largo de 200 años, da por cierto, al hacerlo y por el solo hecho de afirmar (se trata de una afirmación) que hay algo arriba, antológicamente, y algo abajo. La frase admite una superioridad.

Las palabras pueden ser reemplazadas, pero el enfoque es el mismo. La cultura o la ignorancia, lo blanco o lo negro, lo europeo o lo latinoamericano, los seres pensantes y la masa, el Colón o la 9 de Julio, lo exquisito y lo popular. Sólo algunas veces en la historia el sentido común argentino fue perforado por la inversión de los términos.

Pero esta vez, si uno enfoca sin mucho esfuerzo la escena, ve que en lo exquisito se coló Ricardo Fort, que no tiene pruritos con las bellas artes, ya que le dice al movilero que su familia ha tenido toda la vida un palco en el Colón. La nota con Fort se interrumpe porque llega Cobos. Todos llegan con sus galas, que son parte constitutiva del artificio de “lo exquisito”. Aquí las formas lo son todo. Las señoras han sacado a relucir las pieles que ya con esto de la ecología se usan poco. Incluso han podido sacar de las cajas de seguridad las joyas, en un gesto patriótico que ha dejado en suspenso el miedo de vivir en este país, la inseguridad reinante en este país. Travestido en un teatro dador de Oscar más que de obras de arte, el Colón tiene alfombra roja para que allí las estrellas den las notas.

Es que el Colón hace rato que no es lo que era, y hace rato también que muchas cosas ya no son lo que eran, lo que alguna vez fueron o pretendieron ser. Probablemente, si el macrismo hubiera tenido a su cargo el escenario de la 9 de Julio, las frases de Moreno, San Martín, el Che, Jauretche o Perón que pasaban en esa cinta sinfín hubiesen sido reemplazadas por publicidad de barritas de cereal Fel-Fort.

“Lo exquisito”, ya entre comillas, fue usurpado por estrellas de televisión y ricos sueltos que en los ’90 les arrebataron sus bastiones a la clase beneficiaria del Primer Centenario. Los medios electrónicos y el neoliberalismo alteraron para siempre el paisaje de patricios con antepasados militares que guerrearon en la segunda mitad del siglo XIX. No queda nada de aquellas niñas miss Mary que pudieron ser las hermanas Ocampo, o de una díscola genial como Sara Gallardo, que pudo ver el pecado de su estirpe. No hay nada de austeridad aristocrática. Los medios y el neoliberalismo han hecho que mostrarse electrónicamente sea el gesto natural del famoso que llega a alguna parte. Y el famoso no habla de arte, claro. Habla de lo que se opuso, de quién la peinó, de su vestido, de lo feliz que se siente por participar de esa fiesta tan importante en ese lugar que es un orgullo argentino.

Y también pasa que el orgullo argentino se empieza a despertar en otra parte. Allí a lo lejos, donde el emisor oficial de la argentinidad ubica a la barbarie. Todo cambia cuando el bárbaro advierte que no es bárbaro, sino que así lo ha llamado su conquistador. Y en el fondo de todo, siempre está el lenguaje. Los bárbaros que rodeaban a los griegos, los que siglos después rodearon al imperio romano o los que mucho más tarde rodearon la Bastilla, hablaban mal. El origen de ese mito fundante de Occidente, porque hasta ahí se remonta esta trama, es sencillo: los primeros bárbaros no “hablaban mal” sino otro idioma. El mito se origina en la ignorancia de los griegos: no sabían en qué idioma hablaban esos otros.

En la Argentina también hablamos distinto idioma, con la fuerza que tiene esa expresión, los que vibramos y sentimos el goce de mezclarnos, de rozarnos, de abrazarnos, de llorar en el hombro de otro, de agitar banderas, de gritar hasta quedarnos doloridos, de sostenernos horas en nuestros pies, de sonreírnos con desconocidos, de aceptar un mate al paso, de vivir esa experiencia alucinógena de ser millones y estar felices.

La reacción se defiende viendo otra cosa. No puede ver más que la masa o la chusma. No tiene otra cosa en la cabeza, ni en el alma ni en la mirada. No hay, en ese emisor histórico que resurge cada tanto, ninguna posibilidad de multitudes felices. Es más. Ese emisor cumple la función de mantener sojuzgadas a las multitudes para que nunca dejen de sentirse bárbaras.

Los verdaderos cambios, lo que no son cosméticos, sino rasguños en la costra del statu quo, suponen una revolución simbólica. Porque siempre el sujeto del cambio es el bárbaro que se libera de la mirada del griego o del romano y empieza a nombrarse a sí mismo de otra manera.